viernes, 29 de abril de 2016

PRACTICA DE AMAR A JESUCRISTO

Recientemente he concluido la lectura de otro clásico de la espiritualidad católica, publicado en el siglo XVIII y escrito por San Alfonso María de Ligorio, el más santo de los napolitanos y el más napolitano de todos los santos.

San Alfonso María de Ligorio
 
Nacido en una familia de la nobleza local, San Alfonso María estudió leyes y tras unos años ejerciendo la abogacía, el desengaño que le produjo esta profesión hizo que se convirtiera plenamente a Dios, poniéndose a su servicio y dejando su espada de caballero sobre el altar de la Virgen. Desengañado del mundo, realiza sus estudios eclesiásticos, ordenándose sacerdote. Su vida quedará llena dedicándose a la predicación, la dirección de almas, el estudio y la oración. No hubo lugar del Sur de Italia que quedara sin visitar por este misionero de la salvación de las almas. Fue el fundador de la Congregación del Santísimo Redentor, cuyo objetivo era la predicación en los pueblos del reino de Nápoles. Sus últimos años de vida se vieron ensombrecidos por la enfermedad y por graves problemas en la institución por él fundada. Fue sucesivamente beatificado, canonizado y declarado Doctor de la Iglesia.

Junto a esos aspectos señalados de la actividad de San Alfonso María, hay que destacar su labor de escritor, ocupación que desarrolló en su edad madura. Sus escritos no se dirigen a la élite sino al pueblo sencillo y humilde. Esta intención queda plasmada a la perfección en la obra que hoy me ocupa, su "Práctica de amar a Jesucristo".

Foto: María Luz
 
 
El título de la obra expresa la idea primordial: amar a Jesucristo.
 
¿Cuál es la razón para amar a Jesucristo? La razón es que Él nos ha amado primero, hasta el punto de dar la vida por nosotros. "Toda la santidad y perfección del alma consiste en amar a Jesucristo". Y para amar a Nuestro Señor debemos apartarnos de todo aquello que le desagrada, tener presentes Su bondad y todos los favores que nos concede, despegarnos de los bienes terrenos,  meditar su Santa Pasión, y practicar toda una serie de virtudes:
 
-Sufrir con paciencia todas las adversidades (la pérdida de nuestros seres queridos, las enfermedades, los dolores, la pobreza...)
 
-Ser afables con los demás, sin importar su condición social, y especialmente con los pobres, enfermos y nuestros enemigos.
 
-La dulzura a la hora de reprender a los demás. 
 
-No envidiar a nadie.
 
-Buscar siempre la satisfacción de Dios, no la propia.
 
-Huir de todo pecado. Si cometemos alguna falta, no caigamos en la desesperación, arrepintámonos sinceramente, y pidamos el auxilio divino para no volver a cometerla.
 
-Tener el deseo de ser perfectos como los santos. Si no lo tenemos, pidamos a Jesucristo que nos lo conceda. Sin el deseo de santidad, nunca avanzaremos en nuestro proceso de perfección.
 
-Intención de llegar a la perfección.
 
-Oración mental.
 
-Oración continua, encomendándonos a Nuestro Señor y recurriendo siempre a la intercesión de los Santos y muy especialmente a la de la Santísima Virgen, por cuyas manos nos son concedidas todas las gracias.
 
-Frecuentar la Comunión, siguiendo siempre el consejo de nuestro director espiritual.
 
-Humildad, pues todo lo que somos y poseemos viene de Dios.
 
-Desapego de las cosas terrenales, incluidas las criaturas, desprendiéndonos del afecto a los parientes.
 
-No enojarnos nunca, y si alguna vez lo hacemos, no debemos hablar ni actuar mientras la ira que sintamos no se haya aplacado.
 
-Hacer y cumplir siempre la voluntad de Dios, lo cual implica resignación a todo lo que Él quiera para nosotros.
 
-Luchar contra las tentaciones a través de la resignación y la oración. Llegados a este punto, la resignación puede parecer un contra sentido, sin embargo no lo es. La tentación de pecar nunca viene de Dios, pero Él la permite para nuestro bien y crecimiento espiritual. "Los malos pensamientos no son pecados, por feos y horribles que sean; los pecados son los malos consentimientos." Combatiremos las tentaciones a través de la oración, invocando los nombres de Jesús y de María.
 
-Cuando experimentemos desolación de espíritu, deberemos ejercitarnos a través de la humillación ("merecemos ser tratados así") y la resignación (abandonándonos en la bondad de Dios). Así obtendremos mayor provecho.
 
Una vez resumidas las principales ideas que San Alfonso María de Ligorio recoge en su obra, quiero concluir exponiendo sus máximas de vida eterna que siempre deberemos tener presentes:
 
Toda las cosas de esta vida se acaban; la eternidad no se acaba nunca.
Las grandezas de este mundo, de nada sirven a la hora de la muerte.
Todo lo que viene de Dios (próspero o adverso) es para nuestro bien.
Es menester dejarlo todo, para ganarlo todo.
Sin Dios no se puede tener verdadera paz.
Sólo el amor de Dios y la salvación son necesarios al alma.
Sólo se ha de temer al pecado.
Perdido Dios, todo está perdido.
El que nada desea en este mundo, es señor del mundo.
El que hace oración, se salva; el que no la hace, se pierde.
Por mucho que Dios cueste, nunca es caro.
Toda pena es ligera para quien ha merecido el infierno.
Todo lo sufre el que mira a Jesús en la cruz.
Todo lo que no se hace por Dios, se convierte en pena.
El que sólo quiere a Dios, es suficientemente rico.
Bienaventurado el que sólo quiere y desea a Jesús.
El que ama a Dios, en todo encuentra placer; el que no le ama, en nada encuentra el bienestar verdadero.
 
 
"Cristo en la cruz", cuadro pintado por San Alfonso María de Ligorio.
 
"Quien no se enamora de Dios contemplando a Jesús crucificado, no se enamorará jamás."
 
 
 

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