sábado, 3 de diciembre de 2016

SANTA HILDEGARDA DE BINGEN

A finales del año 2015 prometí que no concluiría el 2016 sin leer sobre una santa que atrajo mi atención escuchando una de sus muchas composiciones musicales, concretamente su "Ave María", mi favorita entre todas ellas. Me preguntaba quién sería Santa Hildegarda de Bingen, y  prometí que me acercaría a ella a través de la lectura, pues las diversas facetas que fui conociendo me descubrieron una personalidad fascinante en todos sus aspectos, siendo una de las mujeres más influyentes de la Baja Edad Media, canonizada y proclamada Doctora de la Iglesia por el Papa Benedicto XVI.
 
"Santa Hildegarda de Bingen"
Autora: Ana Mucharaz - Ediciones Palabra
Foto: María Luz
 
Hildegarda nació en 1098 en Bermersheim (Alemania), hija de Hildeberto de Bermersheim, caballero al servicio del conde de Sponheim, y de Matilde de Merxheim, siendo la menor de los diez hijos del matrimonio. La recién nacida era poco robusta, razón por la cual, su padre, empeñado en contrariar al destino y sabiendo que podía enfrentarse al mismo con la ayuda divina, decidió imponerle el nombre de Hildegarda, la guerrera, la morada del combate. Momento en el cual, decidió también que esa niña sería el regalo que ofrecería a Dios por sus bendiciones. Aunque, en realidad "no era él quien se la ofreció a Dios, sino que era el Señor quien la había elegido desde siempre".
 
Esa niña delgada, de grandes ojos que miraban y lo penetraban todo, y de delicada salud, destacaba sobre los demás desde su fragilidad y quietud. No había duda, era un ser especial, pues desde su más tierna infancia tenía visiones y premoniciones.
 
En 1106, a la edad de ocho años, sus padres la entregaron al Monasterio benedictino de Disibodenberg. La pequeña no dudó un instante, entró decidida, avanzó con modestia y vio a Judith, conocida como Jutta, y noble como ella, quien se encargó de la instrucción de la pequeña desde el primer instante.
 
Hildegarda siempre sintió gran veneración por su maestra, que no sólo la instruyó en las materias propias de la vida monacal, sino que también fue su consejera, y contribuyó a afianzar la seguridad en esa  niña que consideraba que sus visiones eran algo normal, cuando en realidad, la diferenciaba de todos los demás..."Son caminos que desconocemos, pero, cuando se abren ante nosotros, hemos de seguirlos...Confía siempre en Él, aunque no confíes en ti misma".
 
Y así, en el transcurso de los años, Hildegarda aprendió las diversas materias bajo la instrucción de Jutta, destacando su gusto y capacidad para la música y la composición. Por lo demás, no resaltaba en  nada, era enfermiza, le costaba aprender, no destacaba en escritura pues se enredaba con las palabras. Solía buscar la soledad y para ello, se refugiaba en el huerto, donde descubrió el trato con las plantas, aprendiendo sus propiedades, gustos y aromas. Las examinaba, las mezclaba y componía con ellas diversas pócimas curativas con la misma destreza que mostraba para los acordes musicales. Pero por encima de todo, destacaba por un halo especial que la envolvía y emanaba de ella.
 
La muerte de Jutta privó a Hildegarda de su maestra y en cierto modo, de la madre que había sido para ella. Y a partir de ese momento, fue encomendada al monje Volmario, por quien Hildegarda sentía cariño y simpatía. Era su confesor, conocía perfectamente su alma y sus visiones, y así fue como ese monje de gran humildad se convirtió en la persona de su mayor confianza.
 
El fallecimiento de Jutta trajo consigo otro cambio en la vida de Hildegarda, pues a pesar de su joven edad, fue escogida para ser la Superiora del eremitorio femenino, cuyo prestigio se había extendido más allá de la comarca, razón por la cual, allí acudían hijas de nobles entregadas en oblación al Señor. La fama de Hildegarda se centraba especialmente en su capacidad para sanar los males del cuerpo a través de las plantas, y los males del corazón humano junto a sus preocupaciones. Todos sabían que Hildegarda tenía un don especial.
 
A los 43 años de edad, recibe la orden divina de anunciar, proclamar y escribir sus visiones, tras obtener un entendimiento fulgurante que le hizo comprender en un instante el sentido de las Escrituras, de los Salmos, de los Evangelios y de todos los libros de ambos Testamentos. Hildegarda se sentía tan temorosa, débil, incapaz para acometer esa misión, que enfermó, cayendo en un periodo de fiebres y delirios, que sólo finalizaron cuando ella modificó su actitud y fue consciente de sus dos grandes errores: "Ser yo antes que Él, y, sobre todo, no confiar". Enfermó por resistirse a la orden divina y sólo se recuperó cuando aceptó la voluntad del Todopoderoso, comenzando a escribir su primera obra "Scivias. Conoce los caminos", para lo cual contó con la inestimable ayuda del monje Volmario y de su discípula Ricardis de Stade, y con el apoyo prestado por carta de San Bernardo de Claraval, a quien no dudaba en exponer sus dudas y reticencias. Esta primera obra escrita recoge la historia de la salvación del hombre, creado por Dios a su imagen y semejanza, pero que cayó por ambición, descomponiendo con su desobediencia el mundo que se le había dado, desordenando la armonía, desatando la calamidad...Dios, sabedor de que Su criatura no podía crecer por sí sola, envió a Su Hijo, para hacerse hombre. Presentado el escrito al Papa Eugenio III, fue consciente de que la mano de Dios estaba actuando, dando su visto bueno y animando a Hildegarda a seguir escribiendo. A esa obra le seguirían otras muchas, incluida "Physica", obra en la que plasmó sus conocimientos sobre medicina y curación a través de las plantas, piedras, animales y metales.
 
No sólo escribió sus visiones sino que también las pintaba, representándolas tal como las percibía.
 
El Universo en forma de huevo, rodeado de fuego, y un éter purísimo, y un aire acuoso, de añil plagado de estrellas...humedad que se convierte en aguas violentas y después en sosegada lluvia...torbellinos que envuelven un globo de arena del color de la tierra...el negro de las tinieblas a Occidente, la luz amarilleada a Oriente.
 
Una vez recibido el visto bueno del Pontífice para dedicarse a la escritura, su fama se extendió más allá de lo imaginable. Sin descuidar sus obligaciones, atendía a todos aquellos que buscaban sus consejos, y a los enfermos que acudían a ella en busca de cura. Contestaba la ingente correspondencia que recibía de monjes, abades, abadesas, obispos, reyes, reinas, nobles y emperadores, gran parte de ellos, personajes destacados de su época, a los que no dudaba en aconsejar pero también en alabar o reprender cuando era necesario. A ello hay que sumar su labor de predicación, condenando la herejía cátara y denunciando la corrupción eclesiástica.
 
Emperador Federico I de Hohenstaufen (Barbarroja), protagonizó un reinado convulso debido, entre otras causas, al enfrentamiento con la Iglesia de Roma, provocando un cisma al no aceptar al Papa Alejandro III. Legó a proclamar hasta tres anti papas, por lo que fue excomulgado.
Mantuvo correspondencia con Hildegarda de Bingen, quien se opuso a su actitud con la Iglesia.
"Escucha, oh rey, y cuídate de que otro rey más poderoso y excelso que tú no te tire al suelo a causa de la ceguera de tus ojos, que no ven bien cómo has de empuñar el cetro para reinar en justicia".
 
Si importante fue su obra escrita, también lo fueron, sin duda, sus numerosas composiciones musicales, pues la música le brotaba de las entrañas. De la siguiente forma expresó lo que la música significaba para ella: "El cántico dulcifica los corazones de piedra, les infunde el arrepentimiento y llama al Espíritu Santo...La palabra representa el cuerpo, y el cántico manifiesta el espíritu".
 
Tras experimentar una nueva visión, obedece la voluntad divina y abandona el monasterio de Disibodenberg para fundar otro en la colina de San Ruperto (Rupertsberg), en las cercanías de Bingen. Para ello, tuvo que hacer frente a la oposición de los monjes y del Abad Kuno, obstáculo que pudo superar gracias a la ayuda de la margravina Ricardis de Stade, madre de la que fue su discípula, y del arzobispo  Enrique de Maguncia. Esta ayuda fue decisiva para que el conde Bernardo de Hildesheim le permitiera instalarse en sus tierras, levantando allí el nuevo monasterio. Tiempo después, fundaría un segundo monasterio, el de Eibingen, en Rüdesheim.
 
Santa Hildegarda y su comunidad de monjas.
 
Hildegarda pasó a la eternidad a la edad de 81 años, y cuentan que, cuando expiró, pudieron verse en el cielo fenómenos luminosos de un resplandor cegador, en los que se dibujó una cruz, todo ello mostrando los colores que adornan la tierra. Así quedó grabado el momento de su partida en el recuerdo de los que vivieron junto a aquella que se autodefinió como la pequeña pluma que el viento sostiene, Su instrumento.
 
Relicario que contiene las reliquias de Santa Hildegarda en la iglesia de Eibingen.
 
 
Santa Hildegarda es un personaje fascinante, y bien merece profundizar en su vida y en su obra. Espero y deseo tener oportunidad de ello en el futuro. Todos aquellos que no lo hayan hecho todavía, pueden comenzar a hacerlo a través de la web  www.hildegardiana.es  y viendo la película sobre su vida, titulada "Visión".
 
  

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