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martes, 24 de julio de 2018

SÚPLICA A NUESTRA SEÑORA DEL CARMEN

Os pedimos a Vos, Dulce Reina del Carmelo, que intercedáis por nuestra paz y salud, y que revestidos de Vuestro Santo Escapulario nos libréis de toda tentación y peligro, alcanzando la salvación eterna.

Nuestra Señora del Carmelo
Pietro Novelli - 1641

Llevandos con Vos, Virgen Inmaculada;
correremos tras el olor de Vuestros perfumes.
(Avemaría)

Llevadnos, Virgen Sagrada María,
hasta la cima del Carmelo, que es Cristo,
Vida del Cielo.
(Avemaría)

Intercede ante el Señor, Reina del Cielo
para que cuantos murieron revestidos con Vuestro Escapulario,
vayan cuanto antes al Monte Santo de la Gloria.
(Avemaría)


domingo, 19 de marzo de 2017

EN EL DÍA DE SAN JOSÉ

Cuando, tiempo atrás, leí el "Libro de la Vida" de Santa Teresa de Jesús, quedó grabado en mi memoria un párrafo en el que la santa de Ávila manifestaba su gran devoción por San José, del siguiente modo:
 
"Tomé por abogado y señor al glorioso San José y encomendéme mucho a él... No me acuerdo hasta ahora de haberle suplicado cosa que la haya dejado de hacer... A otros Santos parece les dio el Señor gracia para socorrer en una necesidad; de este glorioso Santo, tengo experiencia que socorre en todas, y que quiere el Señor darnos a entender, que así como le fue sujeto en la tierra, que como tenía nombre de padre siendo ayo, le podía mandar, así en el cielo hace cuanto le pide. Esto han visto algunas otras personas a quienes yo decía que se encomendasen a él... No he conocido persona, que de veras le sea devota y haga particulares servicios, que no la vea más aprovechada en la virtud... Si fuera persona que tuviera autoridad de escribir, de buena gana me alargaría en decir muy por menudo las mercedes que ha hecho este glorioso Santo a mí y a otras personas. Sólo pido por amor de Dios, que lo pruebe quien no me creyere, y verá por experiencia el gran bien que es encomendarse a este glorioso Patriarca, y tenerle devoción..."
 
No cabe duda de que es palabra de santa, y servidora puede corroborar que lo dicho en esas líneas es absolutamente cierto.

San José fue siempre para mí un santo evidente, ese santo visible que contemplaba en multitud de templos pero en quien nunca reparaba con mayor atención, a no ser por estar vinculado su nombre a los dos hombres más queridos por mí, mi abuelo y mi padre, y ligada su festividad al día en que recibí las aguas bautismales. José, ese nombre sencillo, tan evocador de recuerdos, ha tomado una nueva dimensión para mí desde hace poco tiempo, movida por circunstancias... Puedo afirmar que Santa Teresa no mentía cuando exaltaba su poder intercesor.

Me imagino a San José como lo que fue, ese hombre noble, gentil, sencillo, humilde, discreto, justo, prudente, bondadoso, trabajador, obediente a la voluntad divina, modelo de esposo y padre, protector y custodio de dos grandes tesoros llamados Jesús y María.

Esta pobre esclava de María que aquí escribe no podía dejar, en el día de hoy, de realizar un pequeño tributo al que fue el esposo de mi Madre y Señora, agradeciéndole profundamente a Ella el haberme conducido a él en mis necesidades, y agradeciéndole a San José el haberme tomado amorosamente de su mano junto a su Santísima Esposa. Desde ahora San José ya forma parte de mis devociones más queridas.

 
 
 SÚPLICA A SAN JOSÉ
 
¡Oh castísimo esposo de la Virgen María!
Todo el que implora vuestra protección, experimenta vuestro consuelo.
Sed, pues, Vos mi amparo y mi guía.
Pedid al Señor por mí; libradme del pecado,
socorredme en las tentaciones y apartadme del mal.
Consoladme en las enfermedades y aflicciones.
Sean mis pensamientos, palabras y obras fiel trasunto
de cuanto os pueda ser acepto y agradable
para merecer dignamente vuestro amparo en la vida y en la hora de la muerte.
 
¡Oh Glorioso San José! Haced que sea constante en el bien;
corregid mis faltas y alcanzadme el perdón de mis pecados.
Amén.
 
ORACIÓN
 
¡Oh gloriosísimo Padre de Jesús, Esposo de María,
Patriarca y Protector de la Santa Iglesia,
a quien el Padre Eterno confió el cuidado de gobernar, regir
y defender en la tierra la Sagrada Familia!
Protégenos también a nosotros, que pertenecemos, como fieles católicos,
a TU santa familia, POR tu Hijo, que es la Iglesia,
y alcánzanos los bienes necesarios de esta vida,
y sobre todo los auxilios espirituales para la vida eterna.
Alcánzanos especialmente estas tres gracias:
la de no cometer jamás ningún pecado mortal;
la de un sincero amor y devoción a Jesús y María,
y la de una buena muerte, recibiendo los últimos sacramentos.
 
Jesús, José y María, os doy el corazón y el alma mía.
Jesús, José y María, asistidme en mi última agonía.
Jesús, José y María, con vos expire en paz el alma mía.
 
 
 
 Quiero ser como ese Niño Jesús, caminar siempre de la mano de José y María.
 
María Luz.
 
 
FOTOS: María Luz
 
 
 

viernes, 7 de octubre de 2016

SÚPLICA A LA VIRGEN DEL SANTO ROSARIO DE POMPEYA

(Escrita por el Beato Bartolomé Longo)

 
¡Oh augusta Reina de las Victorias, oh Virgen soberana del Paraíso!,
cuyo nombre poderoso alegra los cielos y hace temblar de terror a los abismos.
¡Oh gloriosa Reina del Santísimo Rosario!,
nosotros, los venturosos hijos vuestros, postrados a vuestras plantas en este día,
derramamos entre lágrimas los afectos de nuestro corazón,
y con la confianza de hijos, os manifestamos nuestras necesidades.
 
Desde ese trono de clemencia donde os sentáis como Reina,
volved, ¡oh María!, vuestros ojos misericordiosos a nosotros;
a nuestras familias, a nuestra nación, a la Iglesia Católica, a todo el mundo,
y apiadaos de las penas y amarguras que nos afligen.
 
Mirad, ¡oh Madre!, cuantos peligros para el alma y cuerpo nos rodean;
cuántas calamidades y aflicciones nos agobian.
Detened el brazo de la justicia de vuestro Hijo ofendido,
y con vuestra bondad subyugad el corazón de los pecadores,
pues ellos son nuestros hermanos e hijos vuestros,
que al dulce Jesús costaron sangre divina
y a vuestro Corazón indecibles dolores.
Mostraos hoy para con todos Reina, verdadera de paz y de perdón.
Ave María...
 
En verdad, en verdad, Señora, nosotros, aunque hijos vuestros,
con las culpas cometidas hemos vuelto a crucificar en nuestro pecho a Jesús
y traspasar vuestro tiernísimo Corazón.
 
Sí, lo confesamos, somos merecedores de los más grandes castigos;
pero tened presente, oh Madre, que en la cumbre del Calvario
recibisteis las últimas gotas de aquella sangre divina
y el postrer testamento del Redentor moribundo;
y que aquel testamento de un Dios, sellado con su propia sangre,
os constituía en Madre nuestra, Madre de los pecadores.
 
Vos, pues, como Madre nuestra, sois nuestra Abogada y nuestra Esperanza.
Y por eso nosotros, llenos de confianza, entre gemidos,
levantamos hacia Vos nuestras manos suplicantes
y clamamos a grandes voces:
¡Misericordia, oh María, misericordia!
 
Tened, pues, piedad ¡oh Madre bondadosa!,
de nosotros, de nuestras familias, de nuestros parientes;
de nuestros amigos, de nuestros difuntos y, sobre todo, de nuestros enemigos
y de tantos que se llaman cristianos y, sin embargo,
desgarran el amable Corazón de vuestro Hijo.
Piedad también, Señora, piedad, imploramos para las naciones extraviadas,
para nuestra querida patria y para el mundo entero,
a fin de que se convierta y vuelva arrepentido a vuestro maternal regazo.
¡Misericordia para todos, oh Madre de las misericordias!
Ave María...
 
¿Qué os cuesta, oh María, escucharnos, qué os cuesta salvarnos?
¿Acaso vuestro Hijo divino no puso en vuestras manos
los tesoros todos de sus gracias y misericordias?
Vos estáis sentada a su lado con corona de Reina,
rodeada de gloria inmortal sobre todos los coros de los Ángeles.
Vuestro dominio es inmenso en los cielos,
y la tierra con todas las criaturas os está sometida.
Vuestro poder, ¡oh María!, llega hasta los abismos, puesto que Vos, ciertamente,
podéis librarnos de las asechanzas del enemigo infernal.
Vos, pues, que sois todopoderosa por gracia, podéis salvarnos;
y si Vos no queréis socorrernos por ser hijos ingratos e indignos de vuestra protección,
decidnos, al menos a quién debemos acudir para vernos libres de tantos males.
¡Ah!, no: vuestro Corazón de Madre no permitirá que se pierdan vuestros hijos.
Ese divino Niño, que descansa sobre vuestras rodillas,
y el místico Rosario que lleváis en la mano,
nos infunden la confianza de ser escuchados,
y con tal confianza nos postramos a vuestros pies, nos arrojamos como hijos débiles
en los brazos de las más tierna de las madres, y ahora mismo, sí,
ahora mismo, esperamos recibir las gracias que pedimos. Amén.
Ave María...
 
(Pidamos la bendición de la Virgen María):
 
Otra gracia más os pedimos, ¡oh poderosa Reina!,
que no podéis negarnos en este día.
Concedednos a todos, además de un amor constante hacia Vos,
vuestra maternal bendición.
No, no nos retiraremos de vuestras plantas hasta que nos hayáis bendecido.
Bendecid, ¡oh María!, en este instante al Sumo Pontífice.
A los antiguos laureles e innumerables triunfos alcanzados con vuestro Rosario,
y que os han merecido el título de Reina de las Victorias, agregad este otro:
el triunfo de la Religión y la paz de la trabajada humanidad.
Bendecid también a nuestro Prelado, a los Sacerdotes
y a todos los que celan el honor de vuestro Santuario.
Bendecid a los asociados al Rosario Perpetuo
y a todos los que practican y promueven
la devoción del vuestro Santo Rosario.
 
Oh Rosario bendito de María, dulce cadena que nos une con Dios,
vínculo de amor que nos une a los Ángeles,
torre de salvación contra los asaltos del infierno,
puerto seguro en el común naufragio, no te dejaremos jamás.
Tú serás nuestro consuelo en la hora de la agonía.
Para ti el último beso de la vida que se apaga.
Y el último susurro de nuestros labios será tu suave nombre,
oh Reina del Rosario, oh Madre nuestra querida,
oh Refugio de los pecadores, oh Soberana consoladora de los tristes.
Que seas bendita por doquier, hoy y siempre, en la tierra y en el cielo.
Salve...