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miércoles, 25 de septiembre de 2019

Fra Angélico: un pintor celestial

Cuando la modista francesa Jeanne Lanvin (1867-1946) viajó a Florencia, pudo contemplar los maravillosos frescos pintados por Fra Angelico. Quedó tan impactada por su intenso color azul Quattrocento, que lo escogió como uno de sus colores favoritos, utilizándolo no sólo para decorar su habitación sino también para plasmarlo en sus creaciones, convirtiéndolo en uno de los colores emblemáticos de su casa de modas.

Ese azul tan vibrante, que es mi color favorito, destaca junto a los luminosos dorados y otros tonos intensos en la exposición del Museo del Prado, titulada "Fra Angelico y los inicios del Renacimiento en Florencia". Si bien la mayoría de obras del pintor protagonista se encuentran en Florencia, esta exposición constituye un buen aperitivo de la totalidad de su obra, que gira en torno a "La Anunciación", obra emblemática del pintor que ha sido recientemente restaurada y que hemos podido contemplar en todo su esplendor.

La Anunciación

Esta exposición se centra en una época muy concreta, la del primer Renacimiento florentino (1420-1430), y en ella se recogen obras no sólo del mencionado maestro sino también de muchos de sus contemporáneos como son Gentile da Fabriano, Masolino, Donatello, Uccello, Ghiberti, Filippo Lippi, Lorenzo Monaco, etc. en un intento de reunir una serie de obras que transmiten la intensa actividad artística de dicho período.

Guido di Pietro, conocido mundialmente como Fra Angelico, nació al norte de Florencia hacia el año 1400. Su formación como pintor comenzó cuando dicha ciudad se encontraba en estado de ebullición en cuanto a encargos artísticos se refiere. Habiendo sido aprendiz en el taller del monje benedictino Lorenzo Monaco, pintor que se caracterizaba por su estilo gótico refinado, el joven Guido ingresó en el Convento de Santo Domenico de  Fiesole, tomando el nombre de Fra Giovanni y donde contó con el apoyo necesario para desarrollar su talento. Y así fue como, rezando e invocando a Dios Todopoderoso, sus pinceles comenzaban a deslizarse y plasmaban un entorno celestial lleno de integridad, de armonía y de colores bien definidos que transmiten a quien contempla su arte la sensación de estar en el paraíso. 

Se había formado en lo medieval pero asimiló también el estilo del primer Renacimiento, incorporando a sus obras las novedades de la época. Su maestría en el uso de la perspectiva, en la composición de las figuras y en la intensidad de sus colores, convirtieron a Fra Angelico en uno de los artistas más importantes y célebres de su época. Si bien estas características técnicas son muy señaladas en su obra, su espiritualidad y devoción fueron decisivas en la composición de sus pinturas, pues mientras sus pinceles se deslizaban, la oración brotaba de su corazón y las lágrimas inundaban sus ojos al pintar a Nuestro Señor Jesucristo crucificado. Es por ello que, a diferencia de los artistas renacentistas, tan afanados en rendir culto a la anatomía humana, Fra Angelico también se ocupa del hombre pero desde su faceta interior, como reflejo de Dios. Todas las figuras por él plasmadas se caracterizan por la elegancia y la dignidad, y sus rostros traslucen la paz interior de sus almas. 

Gran conocedor de la obra de Santo Tomás de Aquino, conocido como el doctor Angélico, mereció tras su muerte el mismo calificativo a modo de nombre y con el mismo es conocido mundialmente: Fra Angelico. No podría ser de otro modo para quien plasmó cientos de maravillosos ángeles y a través de la perfección y luminosidad de sus obras nos infunde deseos de alcanzar el cielo.

Realizó su paso a la eternidad en 1455. Cuentan que en ese instante los ángeles de sus frescos derramaron lágrimas y que una serena sonrisa adornó el rostro del excelso artista, tal vez porque tras plasmar escenas celestiales en sus frescos pudo, por fin, contemplar el verdadero cielo ante sus ojos. Así partió este magnífico artista cuya gloria más grande fue pintar para Cristo Nuestro Señor.

RETABLO DE LA ANUNCIACIÓN (1425-26)


Este retablo fue pintado para San Domenico de Fiesole como una interpretación del dogma de la Encarnación en la que Adán y Eva adquieren cierto protagonismo.

En la parte superior izquierda los rayos de luz dorada emanan de Dios Padre, llevando la paloma del Espíritu Santo hasta llegar a la Virgen María, como manifestación visible de la Encarnación. Junto a esa fuente de luz divina, contemplamos al fondo de la estancia la luz solar que penetra a través de una ventana creando un contraste entre la luz divina y la luz natural. De la misma forma se establece una comparación entre criaturas celestiales y terrenales, pues justo encima de la sagrada paloma aparece una golondrina, símbolo de resurrección, posada en lo alto de la columna. De manera análoga, mientras que la estancia se amuebla con sencillos muebles de madera, la Virgen María aparece sentada sobre un paño dorado. El rostro de Nuestra Señora muestra una perfección y delicadeza inigualables, y el Arcángel San Gabriel resplandece en su luminoso ropaje.

Adán y Eva atraviesan el jardín bajo la mirada de un ángel, expulsados por su pecado, al tiempo que están en presencia de su posible salvación. Conocedora de ello, Eva dirige su mirada a María, la nueva Eva que a través de la Encarnación redimirá a la raza humana del pecado original.

En la predela pueden contemplarse las principales escenas de la vida de Nuestra Señora: 

El Nacimiento y los Desposorios de la Virgen

La Visitación

La Natividad

La Presentación de Jesús en el templo.

La Dormición de la Virgen

El retablo de la Anunciación se encuentra en el Museo del Prado gracias a que fue recibido como obsequio diplomático por el Duque de Lerma, valido del rey Felipe III de España y el hombre más poderoso de nuestra nación en aquel tiempo. En principio, la obra estaría destinada a la capilla que Lerma tenía en Valladolid, pero parece ser que nunca llegó a ese destino. Es posible que Lerma la donara al Convento de las Descalzas Reales, pues allí profesaba una sobrina suya. Salió del mencionado Monasterio y fue donado al Museo del Prado, donde hoy puede ser contemplado por todos los visitantes.

LA VIRGEN DE LA GRANADA (1424-25)


Todavía recuerdo la primera vez que contemplé esta obra, por aquel entonces, propiedad de la Casa de Alba. Me impresionó la calidad de la pintura, la intensidad del colorido y su perfecto estado de conservación. El cuadro fue adquirido en 1817 por Carlos Miguel Fitz-James Stuart y Silva, XIV Duque de Alba, quien fue uno de los mayores coleccionistas de arte de la España de su época. A partir de ese momento, el cuadro decoró el Salón Italiano del Palacio de Liria hasta el año 2016, en que fue adquirido por el Museo del Prado. 

El intenso azul Quattrocento es inigualable y cobra especial protagonismo en esta pintura en la que contemplamos entronizados a la Santísima Virgen con el Niño Jesús. Tras ambos, dos ángeles sostienen un paño de honor tejido con hilos de oro, como muestra de los lujosos tejidos que fueron base importante de la economía de Florencia y de otras ciudades italianas. Fra Angelico manifestó siempre un gran interés en la representación de esos textiles florentinos, tanto en sus motivos como en la textura de los materiales, demostrando su perfecto conocimiento de ese sector industrial. La fabricación de terciopelos con hilos de oro se vio enriquecida a partir de 1420 con la llegada de los battilori, expertos en el manejo de hilos metálicos. Un ejemplo de esta técnica es precisamente el paño de honor representado en la obra que nos ocupa, así como diversos textiles mostrados en la exposición y que los visitantes pudimos contemplar.

Es obligado dirigir nuestra mirada a la Virgen para, acto seguido, centrarnos en el Niño Jesús y su manita recogiendo granos de la granada. Esta fruta posee múltiples significados. Por un lado, la granada decoraba las vestiduras del sumo sacerdote Aarón y de sus hijos; por otro lado, es considerada símbolo de la armonía y concretamente, símbolo de la unidad de la Iglesia. Este último aspecto cobra especial importancia en la época debido, por un lado, a la elección  en 1417 del Papa Martín V, poniendo fin al Cisma de Occidente que había dividido a la Cristiandad europea. Por otro lado, se habían condenado las herejías de Inglaterra y Bohemia en el concilio de Pavía-Siena (1423-24) y se había planteado la esperanza de la reunificación de las iglesias de Oriente y Occidente. Dicho concilio había sido presidido por Leonardo Dati, maestro general de los dominicos, la orden de Fra Angelico. La granada es también símbolo mariano y anuncio de la futura Pasión de Nuestro Señor, sacrificio que el Niño Jesús acepta al depositar su mano sobre las semillas de color rojo.

LA VIRGEN DE LA HUMILDAD CON CINCO ÁNGELES (1425)


Esta representación es, sin duda, realmente cautivadora por su composición y por la expresión de los rostros de la Santísima Virgen y del Niño Jesús. La Virgen aparece sentada sobre un almohadón, en compañía de ángeles que tocan instrumentos musicales. En una de sus manos sujeta un jarrón con rosas encarnadas, blancas y azucenas, símbolos de pureza. Al igual que en la anterior obra mencionada, los ángeles sostienen un rico paño de honor florentino.

Llama la atención que el Niño Jesús sostenga también una azucena, lo cual se ha interpretado como un posible encargo de un eclesiástico de la catedral de Florencia, Santa María del Fiore. Sin embargo, los círculos dorados que decoran las rojas alas de los ángeles, así como la roja cruz del halo del Niño, podrían apuntar a un encargo del gremio de banqueros, cuyo escudo consistía en un campo rojo con bolas doradas. 

En 1816, este cuadro fue el obsequio de boda del futuro rey Jorge IV de Inglaterra a su hija la princesa Carlota de Gales. A la muerte de ésta, el cuadro permaneció en manos de la familia de su viudo, el futuro rey Leopoldo I de Bélgica. En la actualidad, forma parte de la colección Thyssen-Bornemisza.

LA CORONACIÓN DE LA VIRGEN Y
LA ADORACIÓN DEL NIÑO CON SEIS ÁNGELES (1429-31)

Nuestra Señora, arrodillada en oración, es coronada por Nuestro Señor Jesucristo ante los ángeles que les rodean, y teniendo como espectadores a diversos santos y profetas, entre ellos figuran:

-En la fila superior, San Juan Bautista, San Pedro, dos profetas no identificados, el rey David (coronado y con un arpa), San Pablo y San Juan evangelista. 
-En la fila intermedia aparecen un santo joven, Pedro Mártir, Santo Domingo, San Francisco de Asís, San Esteban y un diácono santo y mártir. 
-En la fila inferior apreciamos a San Antonio Abad, San Jerónimo, Santo Tomás de Aquino, San Agustín (o Nicolás de Bari), Santa María Magdalena y Santa Cecilia. Entre este último grupo contemplamos a Santo Tomás de Aquino que gira su cabeza hacia el espectador, señalando la escena, así como vemos a San Pedro en la fila superior con su cabeza vuelta. Al respecto, conviene recordar la lección dada por Santo Tomás según la cual, la sabiduría divina desciende de lo alto y se transmite a través de los doctores. Ello explicaría la presencia de los dos santos que están junto a él, así como de los tres profetas judíos situados en el centro de la primera fila. 

En la predela se representa la Adoración del Niño Jesús con seis ángeles vestidos de azul, color que se asociaba con los dominicos y también con la orden angélica de los querubines, con la que eran comparados. Santo Tomás de Aquino consideraba que era el color de la plenitud de la ciencia.

RETABLO MAYOR DE SAN DOMENICO DE FIÉSOLE (1419-1422)


La tabla principal representa a la Virgen María con el Niño entronizados, con ocho ángeles y los santos Tomás de Aquino, Bernabé, Domingo y Pedro Mártir.

Contemplar todo el conjunto del retablo es un verdadero privilegio, especialmente si pensamos en que fue el primer retablo obra de Fra Angelico, razón por la cual, asombra el grado de perfección alcanzado en esta obra. No se conservan documentos sobre este conjunto pero su historia está vinculada a la refundación del convento de San Domenico y a la decisión del artista de tomar los hábitos en esa comunidad. 

Sin entrar en un detalle pormenorizado de todo el conjunto, destaco una serie de figuras que completan el retablo:

Entre otras figuras, en una las pilastras podemos contemplar a San Nicolás de Bari y el Arcángel San Miguel, quien aparece ricamente ataviado y pisando al demonio sin mostrarle atención.

En la predela pueden contemplarse diversas representaciones, todas ellas magníficas en su ejecución y colorido:

Cristo glorificado
Cristo resucitado en una maravillosa gloria de ángeles músicos y cantores, con una esfera azul en la base que simboliza el cielo. En la parte derecha, los ángeles de la fila superior visten del azul de los dominicos. El primero de ellos porta una guirnalda de hojas, como si fuese a coronar  a Jesucristo, cuya victoria sobre la muerte está simbolizada por sus heridas, pintadas en oro, en lugar del rojo habitual.

La Virgen María con apóstoles, doctores de la Iglesia y santos monjes.
La Virgen en oración se sitúa en el centro de la fila superior. Muchos de los santos son monjes y frailes especialmente queridos por la comunidad de San Domenico. Junto a Santo Domingo, santo Tomás de Aquino y San Francisco de Asís, vemos monjes benedictinos con hábitos de otras órdenes florentinas, como los vallombrosanos (de marrón) y los camaldulenses (de blanco).

Los precursores de Cristo con mártires y vírgenes.
La fila superior está encabezada por Adán con otros personajes del Antiguo Testamento, en cuyo centro está San Juan Bautista. La fila intermedia está formada por mártires varones, uno de ellos dominico, Pedro de Verona, en posición central. La fila inferior agrupa a santas mártires.


En las bases de las pilastras se sitúan dos tablas de beatos dominicos, que constituyen una celebración de su eterna comunidad. Casi todas las figuras se identifican gracias a una inscripción colocada en sus hábitos.

LA CRUCIFIXIÓN (1418-20)

Contemplar a Nuestro Señor crucificado siempre capta nuestra atención, pero a medida que me acercaba a esta obra, me sentía inundada por el fondo de tonalidad dorada que hace que Su figura en la cruz nos atraiga con una mayor intensidad, al igual que los ángeles dolientes que resaltan en torno a Él y cuyas vestimentas azules aparecen un tanto oscurecidas. Nuestro Señor aparece rodeado de soldados romanos a caballo. De Su costado mana la sangre, tras ser traspasado por la lanza de Longinos (primero por la izquierda) y cuyo gesto parece indicar que acaba de reconocer la divinidad de Cristo. Justo al lado del pie de la cruz vemos al hombre que sostiene la esponja empapada en vinagre con la que calmó la sed de Cristo.

Si hay otra figura que capta nuestra atención es la de Nuestra Señora, desvanecida por el dolor y atendida por dos mujeres, mientras María Magdalena, ataviada con manto rojo, se acerca a Ella. La escena es contemplada por San Juan, quien muestra su rostro inundado de tristeza y sus manos entrelazadas.

Sirva este selección de algunas de las obras expuestas como un recuerdo de esta exposición tan deseada desde hace mucho tiempo por quienes admiramos el arte celestial de Fra Angelico y sirva también para acrecentar en nuestro espíritu el deseo de perfección que nos conduzca a la santidad.

"¡Mi gloria más grande fue pintar para ti, oh Cristo!"
(Epitafio de Fra Angelico)

jueves, 24 de enero de 2019

Bartolomé Bermejo

En el doscientos aniversario de su fundación, el Museo Nacional del Prado ha acogido una exposición dedicada al artista Bartolomé Bermejo, cita obligada para quienes somos amantes del arte gótico y de la originalidad que caracteriza al artista.

Para la ocasión, la mayoría de sus obras conservadas, procedentes de España, Europa y Estados Unidos, han sido reunidas para componer una magnífica exposición, en la cual los visitantes nos hemos deleitado con la intensidad de su colorido y la temática religiosa, protagonista en todas las obras expuestas. 

Bartolomé de Cárdenas, alias el Bermejo (1440-1501) es, sin duda, uno de los pintores más fascinantes del siglo XV. Nació en Córdoba y su condición de judeoconverso le condujo a una vida itinerante, residiendo en Valencia, Daroca, Zaragoza y, finalmente, Barcelona. Su trabajo se desarrolló, por tanto, mayoritariamente en la Corona de Aragón. Debido al sistema gremial que impedía trabajar a artistas foráneos, tuvo que asociarse con maestros locales mucho menos cualificados que él, lo cual dio lugar a muchos conflictos en su vida profesional como el incumplimiento de contratos e incluso el abandono de ciertos encargos. Uno de estos contratiempos le hizo recibir una sentencia de excomunión.

Artista con un perfecto dominio de la técnica del óleo, su principal influencia fue la pintura flamenca, en especial la de artistas de la talla de Jan van Eyck y Rogier van der Weyden, cuyo estilo reinaba por entonces en toda Europa. Esta la razón por la cual algunos han barajado la posibilidad de que Bermejo se hubiese formado en Flandes, sin embargo lo más probable es que su aprendizaje tuviese lugar en la cosmopolita Valencia del siglo XV. Fue precisamente en Valencia donde dejó una de sus obras más emblemáticas, su "San Miguel triunfante sobre el demonio". Posteriormente, se trasladó a Daroca, donde se ocupó del retablo de la parroquia de Santo Domingo de Silos, y de allí a Zaragoza, donde dejó patente su arte en la Seo del Salvador y en la primitiva Basílica del Pilar. Su última residencia se ubica en Barcelona donde, entre otros trabajos, realizó el famoso retablo de la Piedad Desplà. 

Tras su fallecimiento, casi se podría decir que su nombre y su obra cayeron en el olvido. No sería hasta finales del siglo XIX cuando volvió a despertar el interés  de destacados coleccionistas internacionales. Ya en el siglo XXI el Museo Nacional del Prado le ha tributado un merecido homenaje con objeto de que sea conocido por el gran público.

Bermejo es el artista más representativo de la escuela aragonesa, con clara influencia flamenca que se deja ver en el manejo de la perspectiva, la minuciosidad en los detalles, su perfecta técnica del óleo, así como el naturalismo en los rostros de los personajes y en los paisajes. Su estilo y cualificación fue apreciado por sus selectos comitentes que iban desde eclesiásticos hasta miembros de la Nobleza, así como distinguidos mercaderes.

Es tiempo ya de recrearnos en algunas de sus obras más emblemáticas de entre todas las expuestas.

"San Miguel triunfante sobre el demonio con Antoni Joan" 
Cuadro fechado en 1468, es su primera obra documentada. Fue realizada en Valencia para la parroquia de Tous, por encargo de Antoni Joan, personaje que aparece arrodillado junto al Arcángel.  Es, sin duda, una de las obras más paradigmáticas del artista, en la que destaca el intenso cromatismo de la capa carmesí y el tono verde del peto.

En un magistral uso del color y de los reflejos luminosos, nuestra atención se dirige al intenso reflejo dorado de la armadura así como a los ricos adornos de piedras preciosas y perlas en los escarpes y en los brazos del Arcángel, dando gran importancia a la orfebrería.

Llama también nuestra atención el fulgor en los ojos del demonio, que aparece representado de una forma imaginativa y fantástica, casi se podría denominar surrealista.

Arrodillado, aparece el comitente de la obra, Antoni Joan de Tous, noble mercader y ocasional pirata valenciano. Debido al carácter delictivo de algunas de sus actividades, necesitaba imperiosamente el auxilio del Arcángel San Miguel para la salvación eterna de su alma. Por esta razón aparece arrodillado, implorando por esa intención al príncipe de la milicia celestial, quien más allá de su función salvadora, presenta una imagen que se conecta claramente con los ideales caballerescos medievales.

"Santo Domingo de Silos entronizado como Obispo"




En 1474, el artista recibió el encargo de realizar el retablo para la parroquia de Santo Domingo de Silos en Daroca. Concluida la tabla central que representa al santo, el artista abandonó el proyecto, recibiendo sentencia de excomunión, la cual traía consigo penas espirituales y restricciones laborales. No se conoce con exactitud la causa del abandono del proyecto, pero sin duda, la gran tabla central es una de las obras icónicas de Bermejo.

Constituye la obra más monumental de todas las de su autoría y un magistral juego de realidad pintada y realidad arquitectónica gracias a la gran crestería superior. El santo aparece sentado en un trono, en rígida majestuosidad y vistiendo una rica capa pluvial con multitud de bordados. A través de la tracería gótica pueden contemplarse a modo de esculturas policromadas, la representación de la siete virtudes (las tres virtudes teologales y las cuatro virtudes cardinales) que se albergan en fornículas. 

 
"Fermando I de Castilla acogiendo a Santo Domingo de Silos"
Junto a la obra anterior, perteneció al retablo de Santo Domingo de Silos en Daroca. Representa al rey Fernando I de Castilla y su Corte, recibiendo al Santo a las puertas de Burgos, tras huir del Monasterio riojano de San Millán de Suso debido a su enfrentamiento con el rey Don García de Nájera. El rey de Castilla le nombró Abad del Monasterio de Silos.

 "Santo Obispo. (¿Benito de Nursia?)"

Respecto a esta obra, los expertos no muestran acuerdo. Para unos se trata de San Agustín y para otros de San Benito de Nursia. Este cuadro constituye un ejemplo de virtuosismo técnico, especialmente al representar la gran dalmática, así como la mitra y la lámpara de cristal que cuelga del techo. En segunto plano se pueden apreciar las figuras de dos monjes: uno sopla la lumbre en la cocina y otro aparece en actitud de meditación. Uno y otro aluden claramente a la vida activa y la vida contemplativa. 


"Muerte y Asunción de la Virgen"

El artista supo plasmar el dolor que produjo en los Apóstoles el tránsito de Nuestra Señora. Cuerpos pesados, miradas ausentes, desfallecimiento...Todo sirve para plasmar el estado de ánimo de los once testigos. San Pedro, revestido de pontifical, moja el hisopo en agua bendita y parece encontrar un punto de apoyo en el lecho de la Santísima Virgen.

Junto a esta escena de dolor, aparece representada en la parte superior del cuadro la Asunción de Nuestra Señora: la Santísima Virgen, vestida de Sol, con la luna a sus pies y coronada de estrellas, es portada por cuatro ángeles que ascienden su cuerpo al seno de Dios. Entre los apóstoles, sólo San Juan, con una cruz en sus manos, y otro apóstol que se sitúa al otro lado del lecho, perciben la Asunción de Nuestra Señora. Justo detrás de San Pedro, aparece un apóstol con un cirio encendido en sus manos, recordando la inmortalidad del alma.

La habitación aparece representada de un modo exquisito y con elementos que indican un ambiente selecto, entre ellos la magnífica colcha sobra la que descansa el cuerpo de la Virgen María. La estancia se ilumina con la luz que penetra por una ventana y por la puerta abierta, y a través de la cual contemplamos una escena en la que un ángel entrega a Santo Tomás el cíngulo de la Virgen.

 "Retablo de Santa Engracia"


Contemplamos aquí dos pinturas de las seis que componen el retablo de Santa Engracia de San Pedro de Daroca, concretamente "Santa Engracia conducida a prisión" y "La flagelación de Santa Engracia". Una vez más, el artista hace un despliegue de riqueza cromática así como del dominio de la perspectiva. 

Santa Engracia fue una noble hispana que sufrió martirio en el siglo IV por orden del procónsul romano Daciano, que aparece sentado, contemplando la flagelación y sosteniendo en su mano el clavo que luego hundirían en la frente de la santa. 

La maestría del  artista se refleja no sólo en la riqueza cromática sino también en la riqueza de los ropajes, en la sangre que mana de la frente de la santa y en la abundancia de elementos decorativos del interior. La perspectiva se logra con el ajedrezado del suelo, la ventana situada al fondo, la disposición de los personajes y la luz que se proyecta sobre la espalda de la santa. 

El espectador puede percatarse de un claro anacronismo: Daciano aparece ataviado a la manera morisca. Se trata de un recurso utilizado para moralizar a los cristianos en contra del enemigo musulmán.

"Virgen de la Misericordia"

La autoría de esta obra es compartida por Bermejo y el artista Martín Bernat. Alude a una representación  repetida por otros pintores, Nuestra Señora como Madre de Misericordia, bajo cuyo manto, sostenido por ángeles, se disponen grupos de personajes, representando diversos estratos sociales. Todos estos, sin importar su condición, son cobijados por el manto protector de Nuestra Madre. Quienes hemos tenido ocasión de visitar esta exposición y de contemplar cada uno de los cuadros y  esta obra en particular, admiramos sobremanera la destreza del artista al representar en relieve las vestimentas de los clérigos, la orfebrería y los bordes del manto de Nuestra Señora.

"Tríptico de la Virgen de Montserrat"

Esta obra fue realizada por Bermejo junto a otros dos artistas, Rodrigo y Francisco de Osona. Obedecía a un encargo realizado por un mercader italiano (Francesco della Chiesa) para decorar la capilla de la catedral italiana de Acqui Terme. En el panel central, el comitente aparece arrodillado junto a la Santísima Virgen, completando la decoración una vista que alude al Monasterio de Montserrat y una marina surcada por barcos en un atardecer. Los paneles laterales fueron pintados por Rodrigo de Osona y en ellos aparecen representadas las escenas del nacimiento de la Virgen y la Presentación del Niño Jesús en el Templo. En la parte inferior destacan San Francisco de Asís recibiendo los estigmas y San Sebastián.

"La Piedad Desplà"

Se trata de la última obra conocida de Bartolomé Bermejo. Fue encargada por el canónigo y arcediano barcelonés Luis Desplà, que aparece a la derecha de la composición. Es una de las obras maestras de Bermejo y destaca por su paisaje altamente simbólico, que invita a meditar sobre la sacrificio de Nuestro Señor y su papel redentor. Destaca el dolor desgarrado de Nuestra Señora, cuya figura junto a la de su Divino Hijo que yace sobre su regazo forman una cruz. Acompañan la escena, el arcediano Desplà a la derecha con gesto contenido y San Jerónimo a la izquierda, evocando el carácter humanista del arcediano. El paisaje evoca un Edén guardado por el león, en el que aparece una calavera como símbolo de la muerte y una mariposa que alude a la resurrección. 

Fue ésta la obra cumbre de Bartolomé Bermejo, que tras finalizarla se dedicó a realizar diseños preparatorios para diversas vidrieras en Barcelona. Continúa siendo una incógnita el motivo de su desaparición del panorama artístico, siendo considerado el mejor artista de su generación y el mejor pintor español del siglo XV. Aun así, disponemos de sus pinturas para, siglos después, seguir admirando su maestría técnica y vibrando con su magistral colorido, al tiempo que somos invitados a meditar, acompañando a los santos, a Nuestra Señora y a Nuestro Amado Salvador.


miércoles, 15 de marzo de 2017

EL SUEÑO DEL REY CARLOS III

Con motivo de la conmemoración del tercer centenario del nacimiento del rey Carlos III de España, el Palacio Real de Madrid acoge la exposición "Carlos III. Majestad y ornato en los escenarios del rey ilustrado", en la que se muestra un recorrido por la vida cotidiana del monarca y su familia, y en la que se plasma perfectamente la suntuosidad y la funcionalidad de todas las piezas expuestas.
 
Al ser este un blog espiritual, deseo centrarme única y exclusivamente en un grupo de piezas piadosas expuestas en dos de las variadas secciones de la muestra: el dormitorio del rey y su capilla ardiente. Es por ello que he querido titular esta entrada con la expresión "El sueño del rey", haciendo referencia tanto al sueño nocturno a lo largo de su vida como a su sueño eterno. Tanto uno como otro bajo la mirada de las obras piadosas que expongo a continuación y que estoy segura que los lectores apreciarán tanto como yo.
 
 
EL REAL DORMITORIO DE CARLOS III
 
El dormitorio del rey constituye un conjunto decorativo neoclásico, cuyo principal artífice fue el pintor Anton Raphael Mengs, destacando especialmente las obras pictóricas religiosas que ayudaban al monarca en sus devociones matinales y vespertinas.
 
 
 
 
 
"Inmaculada Concepción"
 
 
"Oración en el huerto"
 
"La Flagelación"
 
"Caída de Cristo camino del Calvario"
 
 
En la parte superior, "El Padre Eterno".
Aparece representado Dios Padre en gloria, el Espíritu Santo, flanqueados por dos ángeles.
Bajo el mismo, "Lamentación sobre Cristo muerto"
El cuerpo de Nuestro Señor aparece sostenido por San Juan, con María Magdalena arrodillada a sus pies, y de pie la Virgen María implorando a lo alto. En el suelo, las reliquias de la Pasión (rótulo de la cruz, corona de espinas, clavos, martillo y tenazas). En el ángulo superior izquierdo, aparece el Gólgota iluminado con las tres cruces.
 
"Noli me tangere"
Tema clásico en la pintura religiosa, que muestra a Nuestro Señor resucitado y a María Magdalena.
 
 
CAPILLA ARDIENTE DEL REY CARLOS III
 
Carlos III murió el 14 de diciembre de 1788, siendo instalada su capilla ardiente en el Salón del Trono del Palacio Real de Madrid. Siguiendo la etiqueta de la Casa de Austria, se desmontó la decoración habitual del salón, cubriéndose las paredes con alguna de las tapicerías más emblemáticas de las Colecciones Reales, en concreto, "La conquista de Túnez por Carlos V". La cama mortuoria se situó bajo un dosel y en un estrado ricamente alfombrado. Además se montaron siete altares para decir continuamente Misas por el alma del monarca. Dicha capilla era pública, permitiendo que cualquier persona pudiera entrar para ver a Su Majestad difunto. Con ocasión de la exposición, Patrimonio Nacional ha recreado la instalación de la capilla ardiente en un intento de que los visitantes puedan ser testigos de la suntuosidad con que el monarca fue presentado en su paso a la eternidad.
 


Tanto la cama como el dosel datan de la primera mitad del siglo XVIII, bordados en hilo entorchado de plata, seda lasa, felpilla de seda sobre damasco de seda.
La cama encaja perfectamente bajo el dosel, colocación que sigue fielmente el ceremonial propio de la Casa de Austria.
La cama se conserva habitualmente en el Palacio Real de la Granja de San Ildefonso, mientras que el dosel se encuentra en el Palacio Real de Madrid.
 
Uno de los altares estaría presidido por la imagen de la Inmaculada Concepción, en concreto este bello lienzo de Mariano Salvador Maella.
 
"Inmaculada Concepción" - Mariano Salvador Maella
A lo largo de toda su vida, Carlos III se batió ante la Santa Sede para elevar a dogma el culto de la Inmaculada Concepción. Esta pintura fue un encargo del monarca al pintor valenciano, coincidiendo con el decreto de incorporación de la Junta de la Inmaculada Concepción a la Real Orden de Carlos III. El lienzo presidió el oratorio del monarca en el Palacio Real de Aranjuez.
 
 
 
He querido dejar para el final este "Santísimo Cristo de la Agonía", de marfil sobre madera de caoba - Anónimo italiano (1700) que se conserva en el Real Convento de San Pascual de Aranjuez.
Junto al lienzo anterior, lo más destacado de la Capilla Ardiente es este Cristo que constituye una representación clásica sin señales de martirio, y que llamó especialmente mi atención por estar bella y minuciosamente tallado, destacando la expresividad de su rostro que dirige la mirada hacia el cielo.
 
 
FOTOS: Patrimonio Nacional / Google

martes, 24 de enero de 2017

LOS PILARES DE EUROPA. LA EDAD MEDIA

Bien entrado ya el mes de enero, en una agradable y soleada mañana, he aprovechado para visitar la exposición "Los Pilares de Europa. La Edad Media en el British Museum", que puede contemplarse hasta el próximo día 5 de febrero en el centro cultural Caixa Forum de Madrid.
 
Sentía mucha curiosidad por visitar esta muestra, pues la época medieval siempre ha producido en mí una gran fascinación, en contra de la opinión moderna que la considera una época oscura e incluso salvaje. Lo cierto es que el período que abarca, entre la caída del Imperio Romano en el siglo V y el siglo XV, constituye una época de enorme importancia en la historia europea, etapa de grandes cambios en todos los niveles, que cimentaron las naciones-estado europeas modernas. No podemos entender la Europa actual sin retrotraernos al mundo medieval.
 
La exposición recoge un total de 263 piezas, de las cuales, 244 proceden del British Museum, mientras las 19 restantes pertenecen al Museo Arqueológico Nacional, al Museo Nacional de Arte de Cataluña y el museo Frederic Marès.

Las diversas salas de la muestra recogen diversos aspectos de dicha época: la formación de Europa, la monarquía, la corte real, la vida urbana, el mundo caballeresco, no pudiendo faltar la liturgia religiosa, junto a la importancia que la fe y la devoción tenían en la sociedad.

Tras la decadencia del Imperio Romano, con el paso del tiempo, fueron surgiendo reinos y principados, al frente de los cuales se situaron poderosos gobernantes que contaban con los servicios de guerreros que les ayudaban a proteger sus intereses. En pago a los servicios prestados fueron ganando prestigio y riquezas, dando lugar a la figura del caballero. Siempre al servicio de sus señores, protegían el territorio del reino y su conducta se atenía al código caballeresco, que incluía el honor y el coraje.

Los monarcas medievales ostentaban un poder absoluto ejerciendo también un rol espiritual como escogidos por Dios para regir los destinos de sus súbditos. En una sociedad en la que Dios era el centro de todo, la Iglesia era el lugar en el que todos, pobres y ricos, se reunían para alabar a Dios, pero tan importante como la participación en los actos religiosos públicos lo era también la devoción personal o privada, y así se hacía visible en todos los momentos del día a través de los diversos rezos así como en los accesorios personales, decorados con inscripciones e imágenes religiosas, y también con reliquias sagradas, así como participando en las peregrinaciones a santuarios y lugares sagrados como Roma, Compostela y Jerusalén.

Destacable también era el papel del Papa como representante de Dios en la tierra, y el poder de la Iglesia como institución influyente en la vida de las gentes. Todo ello queda claramente plasmado en las maravillosas iglesias y catedrales exquisitamente adornadas, destacando el trabajo de los constructores y de los artesanos establecidos en los núcleos urbanos que fueron floreciendo.

En medio de un ambiente de continuas luchas, ocupan un lugar destacado las Cruzadas, guerras de religión que se iniciaron en 1095 para combatir a los musulmanes de Tierra Santa en un intento de defender a los peregrinos que acudían a Jerusalén para venerar los Santos Lugares recorridos por Nuestro Señor, y restaurar el control cristiano sobre los mismos.

No pretendo abarcar en este escrito todas esas facetas del mundo medieval, sino centrarme en lo que interesa a este blog: la importancia de la faceta espiritual en una época en la que predominaba la filosofía católica. Por ello, si me acompañan, podemos contemplar a través de varias imágenes algunas de las piezas expuestas que más han llamado mi atención.

Cruz procesional (1300-1350) - España.
Muestra la Crucifixión, flanqueada por la Virgen, mientras que en la base Adán emerge de su tumba y un ángel elevado hace oscilar un incensario. Con este tipo de ornamentación, se garantizaba que la Cruz fuese el foco de atención del ritual de culto.
 
 
Tabla de artesonado mostrando un combate entre un caballero cristiano y un musulmán (1300).
España - Museo Nacional de Cataluña.
El panel muestra a un caballero cristiano persiguiendo a un musulmán durante la Reconquista.
A comienzos del siglo VIII, la mayor parte de la península ibérica había caído bajo control musulmán, no siendo hasta el siglo XI cuando los líderes cristianos del Norte de España consiguieron expandirse hacia el Sur, a causa de las luchas intestinas entre los dirigentes musulmanes.
 
 
Estatuilla de un caballero (1375-1425) - Inglaterra.
Esta estatuilla, que quizás represente a San Jorge, personifica al caballero medieval.
La parte superior del cuerpo está protegida por una coraza con cota de malla.
Bien armado, porta espada y escudo, y probablemente también una lanza.
 
A la izquierda, anillo papal (1431-1447) - Italia.
Lleva las armas de los Coldomer, sugiriendo que pudo pertenecer a un consejero del Papa Eugenio IV, cuyo papado quedó ensombrecido por una serie de disputas que condujeron a la invasión de los Estados Pontificios.
 
A la derecha, anillo papal (1458-1464) Italia.
Está relacionado con el Papa Pío II, pues lleva las armas de su familia, los Piccolomini, junto con las llaves de la Santa Sede y la inscripción "Papa Pio". El tamaño del anillo indica que su lugar era, probablemente, la mano enguantada de un representante papal.
 
 
"Toma de Jerusalén"(1400-1500) - Francia.
El Papa exhortó a los caballeros cristianos de toda Europa para que unieran sus fuerzas en una cruzada que liberase esa importante ciudad de los musulmanes.
La ciudad cayó en 1099 para ser reconquistada por los musulmanes en 1244.
 
Piezas circulares de vidrio (1480-1500) - Alemania.
Las vidriera con sus vivos colores llenaron de una luz radiante el interior de los edificios medievales, conformando grandes diseños decorativos o elaboradas historias.
Estos tres medallones muestran la Crucifixión, San Cristóbal llevando al Niño Jesús y Santa Catalina.
 
Matriz para el sello de San Luis IX (1255-1350) - Francia.
En esta matriz, el rey Luis IX (1226-1350) está caracterizado como rey y como santo.
Procede de un convento de Mâcon, en la región de Borgoña, fundado por el mismo rey en 1255.
Luis IX destacó por llevar una vida devota y por su colección de reliquias, que incluía la corona de espinas y fragmentos de la Vera Cruz, ordenando construir la Sainte-Chapelle de París para albergarlas.
 
Figura de Cristo en piedra (1200) - España.
Originalmente, esta figura estaba situada en una de las entradas de la iglesia de San Lorenzo de Carboeiro (Pontevedra). La imagen de Cristo sentado en el trono tuvo una gran repercusión entre los gobernantes medievales. En la Biblia, el trono simboliza la autoridad divina, describiendo a Jesucristo sentado en un trono a la derecha de Dios y ejerciendo su imperio sobre su reino.
 
 

Dos reyes santos: Fernando III de Castilla y Luis IX de Francia.
 
Estatuilla de la Virgen María (1400-1500) - Francia.
A la Virgen María, modelo para todas las mujeres, se la describe y representa como Reina del Cielo.
Aquí, aparece ataviada con los ropajes propios de las damas más nobles.
Los marcados pliegues de la falda y las capas de tela sirven para expresar el costoso diseño del vestido.
 
 
"La Misa de San Gregorio" de Israhel van Meckenem (1490-1500) - Alemania.
En la Eucaristía, el pan y el vino se transforman realmente en el cuerpo y la sangre de Nuestro Señor.
Este grabado representa la aparición de Cristo a San Gregorio cuando un no creyente ponía en duda su doctrina.
 

Frontal de altar de Farrera (1200-1230) - España.
Los altares medievales solían estar profusamente decorados con ricos tejidos, y en ocasiones también con pinturas. El panel nos muestra a Jesucristo, a los discípulos y los símbolos de los evangelistas:
Mateo (el ángel), Marcos ( el león), Lucas (el toro) y Juan (el águila).
 
Diversos objetos de devoción y culto.
 
Políptico de la vida de Santa Clara (1500) - España.
Procede de un monasterio de Palencia, cuenta la vida de la santa, detallando sus buenas obras, el reparto de alimentos entre los pobres, su encuentro con San Francisco de Asís, y su ingreso en el convento. Las alas del políptico sirven de marco a la imagen de la santa y pueden cerrarse para ocultarla de la vista.
 
Piedad (1400-1500) - España.
El arte devocional hacía especial hincapié en la humanidad y el sufrimiento de Jesucristo, aspecto que se aprecia muy claramente en la imagen de la Virgen sosteniendo el cuerpo de su hijo.
 
Cristo de un descendimiento (1170-1200) - España.
El cuerpo demacrado de Jesucristo, las costillas marcadas y su expresión adusta crean gran impacto emocional.
 
Virgen sentada con el Niño - Segunda mitad del siglo XII - España.
Imagen típicamente románica, que se popularizó especialmente en los siglos XII y XIII, poniendo de relieve el importante papel de la Virgen María en la historia de Jesucristo.
 
Panel de San Juan Bautista (1400-1500) - Inglaterra.
Muestra la cabeza de San Juan Bautista sobre la figura de Cristo saliendo de su tumba, y flanqueada por San Pedro y un arzobispo. Dos ángeles sostienen el alma de San Juan en la parte superior.
 
Panel del Juicio Final (1400-1500) - Inglaterra.
Eran habituales este tipo de paneles que instruían a los fieles sobre episodios bíblicos.
De las quince señales que indicarían el advenimiento del juicio final, aquí se recoge la sexta: el derrumbe de edificios y ciudades. Estos sucesos interesaban especialmente a las gentes de la época, pues consideraban el fin del mundo como algo próximo.
 
Díptico (1300-1400) - Francia.
Estos paneles de marfil con bisagras se empleaban a modo de libro para ayudarse en la oración.
El de la imagen recoge las cuatro escenas de la crucifixión, descendimiento, sepultura y resurrección de Jesús, permitiendo la meditación.
 
Díptico (1300-1400) - Francia.
Aparecen talladas escenas de los últimos días de la vida de Cristo, en un claro intento de ayudar a la visualización de esos episodios. En la última, aparece el descenso de Cristo a los infiernos, rescatando a Adán y Eva.
 
Cofre relicario (1250) - Francia.
Este cofre esmaltado muestra a los tres Reyes Magos, utilizado para contener reliquias sagradas.
 
Relicarios en forma de cruz (500-700) - Imperio Bizantino.
Aquellos que podían poseer determinadas reliquias de santos, las colocaban en el interior de relicarios-joya como es el caso de estas cruces, que se portaban en contacto con la piel, de modo que las propiedades milagrosas de las mismas estuvieran lo más cerca posible de su portador.
 
 
 
Finalizado el recorrido por la exposición, me siento afortunada por haber contemplado todos esos objetos que me retrotraen a una época que siempre me ha atraído de una forma especial. La muestra recoge aspectos fundamentales del período medieval, aunque, a decir verdad, resulta un tanto escueta en ciertas explicaciones, muchas de las cuales parecen redactadas desde una visión neutra y demasiado impregnada de mentalidad moderna. Aun así, los objetos expuestos hablan por sí solos y transmiten su significado a todos aquellos que se detengan a contemplarlos desde la fe y la devoción. He echado de menos un apartado dedicado a las grandes catedrales, más allá del audiovisual que expone algunos de sus detalles, y también una mejor explicación de lo que las Cruzadas supusieron en la historia medieval. A falta de ello, y antes de concluir este escrito, escojo la imagen que tomé en el curso del audiovisual relativo a la evolución de las ciudades de la época, concretamente la de Jerusalén.
 
Jerusalén (1493)
 
 
Jerusalén era la ciudad de Cristo, santuario supremo, reino celestial,  presente siempre en los sermones, en las leyendas, en las pinturas, en las reliquias, y aun estando a gran distancia, siempre estaba próxima al corazón de cada uno de los cristianos. Muchos creen que los caballeros que partían a las Cruzadas lo hacían en busca de aventuras, con afán de escapar del hogar o en busca de riquezas...Es evidente que en algunos casos, esos motivos podían ser reales, pero lo cierto es que enrolarse en tamaña empresa, implicaba muchos riesgos. Lo que resulta incomprensible para la mentalidad moderna es la verdadera razón que empujó a miles de hombres a cruzar Europa con destino a Jerusalén: a los cristianos se les ofrecía la oportunidad de ganarse el perdón de sus pecados. Eran auténticos devotos creyentes que buscaron la salvación en la Ciudad Santa. Simplemente respondieron al Papa: "Deus le volt!" (Dios lo quiere), tomaron la Cruz, y atravesaron Europa con destino a la ciudad donde Nuestro Señor fue crucificado y resucitó.
 
Por eso, contemplando todos los objetos expuestos no puedo evitar pensar en todas aquellas gentes que se movían por auténticos ideales y que todo lo hicieron por amor a Dios y por la salvación de sus almas. Nunca lo olvidemos.

  
 
FOTOS: María Luz