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miércoles, 2 de enero de 2019

La espada del Espíritu

Transcurridas unas horas desde el comienzo de un nuevo año, es habitual que escuchemos en nuestro entorno una larga lista de buenos propósitos y deseos por cumplir a lo largo de los próximos 365 días. En medio de todos ellos, difícilmente encontramos propósitos de tipo espiritual, demostrando una vez más, lo lejos que se encuentra nuestra sociedad de alcanzar la tan necesaria superación moral.

Tiempo atrás,  a través de la magnífica obra "El alma de todo apostolado", escrito por el religioso francés Jean-Baptiste Chautard y libro de cabecera del Papa San Pío X, pude constatar lo necesaria que a todos nos resulta la vida interior. Y muchos se preguntarán qué es la vida interior...Se trata de la vida de Nuestro Señor Jesucristo en nosotros mismos.

En un entorno en que la noción de pecado se ha diluido hasta desaparecer, resulta especialmente difícil convencer de la necesidad de tener vida interior para poder luchar contra el mundo en el que vivimos, no por afán de violencia o enfrentamiento, sino por ser contrario a los principios cristianos que deben regirnos. Vivimos en este mundo, pero no debemos pertenecerle, por ser un mundo que constituye solamente un lugar de tránsito en nuestro caminar hacia el Cielo, y por estar imbuido del espíritu del mal al haberse apartado de Dios.

Cuando pecamos, damos pasos que nos alejan de Jesucristo, disminuyendo de esta forma el ejercicio de la vida interior hasta llegar a su completa supresión y poniendo en peligro nuestra salvación. Por el contrario, si cuando somos tentados, nuestra voluntad se opone a ello, contribuimos a aumentarla en proporción a nuestro celo. Por nosotros mismos nada valemos, estamos condenados al fracaso. Nuestras supuestas capacidades y fuerzas no son tales, pues nosotros, simples mortales, tenemos un papel meramente secundario y subordinado y nada podemos conseguir sin apoyarnos en Nuestro Señor. Únicamente en Él podemos encontrar todos los medios para alcanzar una verdadera vida interior y las fuerzas necesarias para enfrentar las numerosas pruebas y circunstancias adversas que aparecerán en nuestras vidas. Para ello, es necesario que seamos humildes, pidiendo a través de la oración la ayuda de Dios para que todo aquello que emprendamos se vea coronado por el éxito, sabiendo que los fracasos constituyen también fuentes de aprendizaje que no debemos desaprovechar. 

Cada uno de nosotros debe esforzarse en alcanzar el grado de vida interior que Nuestro Señor nos exige, para lo cual, debemos incrementar nuestras ansias de vivir en Él. Si realmente le amamos, sentiremos grandes deseos de agradarle en todo, siguiendo Sus ejemplos, cumpliendo los Mandamientos de la Ley de Dios, dedicando tiempo a la oración, asistiendo a la Santa Misa, manteniéndonos unidos a los Sacramentos, realizando con detenimiento nuestro examen de conciencia y aplicándonos a las lecturas piadosas. ¿No les parecen estos unos buenos propósitos de año nuevo? Si conseguimos, con la ayuda de Dios, mejorar en todos estos aspectos, nos convertiremos en almas que vivirán unidas a Nuestro Señor, produciendo abundante fruto.

Ese crecimiento de nuestra vida interior constituirá nuestra mejor defensa frente a los peligros que nos acechan, siendo revestidos de una auténtica armadura que nos protegerá de las asechanzas del maligno, y convirtiéndonos en faros de luz en medio de la oscuridad imperante.

Para terminar, me gustaría desear a todos los lectores muy feliz año nuevo, proponiendo como lectura en el inicio de este nuevo año la Carta de San Pablo a los Efesios, y muy especialmente de las recomendaciones recogidas en la misma (Ef 6, 10-17):
"Buscad vuestra fuerza en el Señor y en su invencible poder. Revestíos de la armadura de Dios a fin de poder resistir a las asechanzas del diablo, porque nuestra lucha no es contra hombres de carne y hueso sino contra los principados, contra las potestades, contra los dominadores de este mundo de tinieblas, contra los espíritus malignos del aire. Por eso, tomad las armas de Dios para poder resistir en el día malo y manteneros firmes después de haber superado todas las pruebas. Estad firmes; ceñida la cintura con la verdad, revestidos de la coraza de la justicia; calzad los pies con la prontitud, dispuestos a salir a la predicación del Evangelio de la paz y, sobre todo, tomad el escudo de la fe, con el que podréis extinguir todos los dardos inflamados del enemigo. Poneos el casco de la salvación y empuñad la espada del Espíritu que es la Palabra de Dios".
 
 Crucifijo "la espada del Espíritu".
Foto: María Luz Gómez

martes, 12 de diciembre de 2017

LA IMPORTANCIA DEL AGUA BENDITA

He tenido la dicha de leer el libro titulado "Agua Bendita y su significación para los católicos", escrito por el Reverendo Henry Theiler en 1909, y que ha sido reeditado por Sophia Institute Press hace tan sólo unos meses
 
 
 
Su texto tiene el encanto propio de los libros piadosos de épocas pasadas y admito que su lectura ha sido muy reveladora en cuando al origen y propiedades de este importante sacramental usado en la Iglesia Católica, todo ello detallado por el autor a través de sus páginas, como paso a exponer.

Ante todo, es necesario establecer la distinción entre sacramento y sacramental:

- Los sacramentos fueron instituidos por Nuestro Señor Jesucristo; producen efecto por su propia virtud; siendo válidamente recibidos, confieren la gracia particular que Cristo concedió a cada uno; son necesarios para la salvación.

- Los sacramentales son instituidos por la Iglesia, ejerciendo la autoridad que Cristo le otorgó. Producen efecto por la devoción de quien los recibe; nos alcanzan gracias actuales; no son necesarios para la salvación.
 
Nadie duda de la importancia del agua; sin ella no hay vida posible, lo que la convierte en el más importante de los elementos creados..."El espíritu de Dios se cernía sobre las aguas" (Gen 1,2), de esta forma el Todopoderoso las bendecía y las preparaba para que pudieran adaptarse a su función en el proyecto de la Creación. En la naturaleza, cada criatura viviente precisa del agua para subsistir, de la misma manera que los manantiales y los ríos la transportan, conduciéndola a los campos a modo de bendición. El agua es para el terreno el equivalente a la sangre para el cuerpo humano. De la misma forma que la sangre circula desde el corazón por todo el cuerpo y retorna, el agua parte de lagos y ríos alimentando los suelos sedientos a través de la lluvia, para retornar de nuevo a sus fuentes.
 
El agua bendita actúa de la misma manera en el terreno de la gracia; utilizada con fe y devoción, nos purifica a los fieles cristianos de los pecados veniales. De hecho, el uso del agua como elemento purificador se daba ya en los pueblos de la antigüedad. Romanos, griegos, etc. la utilizaban como forma de purificación y protección frente a plagas, rociando a las personas, a las casas y a los campos. Por su parte, los judíos hacían uso de la denominada "agua de expiación" con la que no sólo quedaban purificados sino que era símbolo de conversión. El agua utilizada por los paganos es una prefiguración del agua de expiación usada por los judíos y también del agua bendita de los católicos.
 
Para nosotros, el agua está revestida de gran significado, tal como aparece en el Antiguo Testamento. Por su parte, el Nuevo Testamento está repleto de menciones al agua, siendo protagonista del primer milagro realizado por Nuestro Señor, al convertir el agua en vino en Caná de Galilea. Pensemos también en Su bautismo en el Río Jordán; en Su manifestación a la samaritana junto al pozo de Jacob, invitando a los sedientos a tomar Su agua; en su caminar sobre las aguas del Mar de Galilea; en el lavatorio de los pies a Sus discípulos, o en la mención del agua como condición necesaria para la salvación: "En verdad te digo: el que no nazca  de agua y de Espíritu, no puede entrar en el Reino de Dios" (Juan 3,5).
 
El agua bendita consiste en una mezcla de agua y sal bendecidas, siguiendo el ejemplo del profeta Eliseo, quien tomó sal y la arrojó a las insalubres aguas de Jericó, quedando saneadas. El sacerdote hace la señal de la cruz y pronuncia una oración de bendición de la sal, seguida de una oración de bendición del agua, para proceder finalmente a la mezcla de ambas, con el rezo de otra oración. Es de estas oraciones, de las cuales podemos obtener gracia para cuerpo y alma.

En cuanto a su utilización, ya en los primeros siglos de la era cristiana hay mención de un agua bendita efectiva en la protección de la salud, la curación de enfermos y la protección frente a demonios. Las oraciones recitadas por el sacerdote para la bendición del agua son localizadas ya en la obra escrita por el Papa San Gregorio Magno (540-604).

El uso del agua bendita tiene importantes efectos:
 
  • Produce la remisión del pecado venial y de la pena temporal debida por el mismo, todo ello en proporción al nivel de contrición,y al mayor o menor grado de ardor en el amor a Dios por parte de la persona que la utiliza
  • Aleja al demonio y nos ayuda a resistir las tentaciones.
  • Nos obtiene beneficios corporales y temporales.
  • Nos proporciona efectos santificadores, es decir, las gracias reales que podemos obtener: iluminaciones del intelecto e inspiraciones del Espíritu Santo, que ayudan al fiel a actuar con lealtad a sus deberes de estado, a orar con devoción, a escuchar un sermón con provecho y a asistir con recogimiento y devoción a la Santa Misa.
Si deseamos obtener todos esos efectos positivos a través del uso del agua bendita, debemos corresponder estando en estado de gracia, teniendo una fe firme y una sumisión total a Cristo y a Su Iglesia. Esto no implica que vayamos a obtener con toda seguridad el efecto concreto que deseemos, pero no cabe duda de que obtendremos otra gracia tanto o más importante.  Mucho más importantes que los beneficios corporales, son los beneficios espirituales, pues el espíritu es superior al cuerpo. Este hecho se debe a que los sacramentales operan principalmente a través de la intercesión de la Iglesia. Cuando la Iglesia ora, es Cristo quien ora con ella, por esta razón la oración de la Iglesia es tan poderosa. Esta es la manera en que podemos obtener grandes beneficios del uso del agua bendita.
 
La utilización del agua bendita en forma solemne por parte de la Iglesia tiene lugar en el rito de aspersión al comienzo de la misa dominical. El sacerdote se rocía a sí mismo, rocía el altar, y recorre la iglesia para la aspersión de los fieles, pues estos son los miembros del Cuerpo Místico de Cristo, siendo el sacerdote el mediador entre Cristo y el pueblo. Una vez rociados de agua bendita, nos hemos purificado para asistir a la celebración de la Santa Misa. Este rito tienen un significado si cabe más especial en el tiempo pascual, dirigiendo nuestro pensamiento al agua bautismal y al agua que fluyó del costado de Nuestro Divino Redentor. El sacerdote emplea el agua bendita en la bendición de objetos piadosos, de personas y enfermos, y en los funerales, rociando el cuerpo del difunto y el féretro. El agua bendita, junto a la oración pronunciada, constituye un alivio para los sufrimientos de las almas de purgatorio. Supone una valiosa ayuda al alma del difunto con su consiguiente beneficio espiritual, ya que el cuerpo es templo del Espíritu Santo, sede de un alma inmortal que se unirán de nuevo en el último día. Los fieles podemos tomar agua bendita de las benditeras, al entrar en el templo, como forma de purificación ante la presencia de Dios y también al abandonar el templo, orando para tener buenos pensamientos y fortalecer nuestras buenas resoluciones.
 
Es muy recomendable que todos los fieles tengamos agua bendita en nuestros hogares, usándola para preservarnos de los peligros que amenazan a nuestros cuerpos, y especialmente a nuestras almas.
  • Al ir a dormir, el piadoso cristiano tomará agua bendita para hacer la Señal de la Cruz, limpiando su alma de cualquier pecado venial cometido durante el día y como protección durante la noche ante posibles ataques del maligno. No olvidemos que el demonio nunca descansa.
  • Rociar a los enfermos como forma de aliviar su enfermedad, así como rociar los remedios médicos que van a ser utilizados. Se aconseja rociar muy especialmente a la persona cuando la muerte se aproxima.
  • Rociar nuestros hogares y campos para preservarlos de toda influencia dañina.
Cierto que, desde que el Rvdo. Henry Theiler escribió este útil libro, la sociedad y sus circunstancias han evolucionado mucho, lo cual supone un incremento de las situaciones en que el uso del agua bendita es altamente recomendable: bendecir el lugar de trabajo, el vehículo que utilicemos para nuestros desplazamientos, y también a nuestros animales de compañía, ayudando a preservarlos de todo mal.
 
Una vez expuesto el significado del agua bendita es necesario insistir en la necesidad de evitar el pecado, evitar las ocasiones que nos puedan conducir a él, guardar y cumplir fielmente los Mandamientos de la Ley de Dios, recibir con frecuencia los sacramentos y llevar una piadosa vida cristiana. El agua bendita es un elemento muy preciado para impulsar nuestro bienestar temporal y espiritual, lo cual debe animarnos a su uso, teniendo siempre presente que Nuestro Señor Jesucristo, derramando Su preciosa sangre, mereció las gracias de las cuales podemos participar a través de este significativo sacramental.


Foto: María Luz
 
Tomando agua bendita y haciendo la Señal de la Cruz, digamos:
 
"Alabado sea Nuestro Señor Jesucristo".
 
"Por Vuestra Preciosísima Sangre y a través de este agua bendita,
limpiadme, ¡oh Señor!, de mis pecados".
 
"Dulce Corazón de Jesús, concededme que yo os ame, cada día, más y más".
 
"Dulce Corazón de María, sed la salvación mía".
 
"Jesús, José y María, os doy el corazón y el alma mía".
 
"Jesús, José y María, asistidme en mi última agonía".
 
"Jesús, José y María, expire en vuestra paz el alma mía".
 
Amén.
 

miércoles, 1 de noviembre de 2017

SON TRES LOS QUE SE CASAN

Debo admitir que soy una afortunada por haber tenido la dicha de criarme en un hogar junto a un padre y a una madre que formaron un matrimonio ejemplar, haciendo gala de mutuo entendimiento, amor y armonía. Cierto es que pertenecieron a una generación en la que las miserias del mundo moderno todavía no habían enraizado con la fuerza en que lo han hecho en la actualidad, no obstante, el verdadero amor no es fruto de historias románticas sino de algo mucho más profundo y verdadero.
 
Atravesando los desórdenes de la época de los años ochenta y noventa, fruto de los males de los años sesenta y setenta, mi mente percibía en el entorno social comportamientos que dejaban mucho que desear, que eran toda una muestra de falta de seriedad e irresponsabilidad y que me mostraban claramente que sería prácticamente imposible para mí, reproducir la estable vida familiar que mis padres habían forjado.
 
Como la pieza del puzzle que nunca termina de encajar, contemplaba absorta la manera en que las personas de mi generación saltaban de una historia sentimental a otra con una rapidez pasmosa, con la misma facilidad que la bola de una ruleta salta de un número a otro cuando aquella gira sin cesar. Todo había quedado claro para mí: vivíamos en un mundo en el que los sentimientos eran pisoteados y las personas eran utilizadas como meros objetos de satisfacción personal.
 
Por desgracia, esos comportamientos desordenados, fruto de la caída estrepitosa de los valores tradicionales, han crecido hasta límites que nuestros padres jamás habrían podido imaginar. Y, por si ello fuera poco, las legislaciones se han aliado en un atentado perpetuo contra la institución familiar.
 
Llegados a este punto, la lectura reciente de un libro titulado "Son tres los que se casan" ha expuesto ante mis ojos la realidad del verdadero amor entre hombre y mujer, plasmada magistralmente por su autor, el Arzobispo Fulton Sheen.
 


La figura del Arzobispo estadounidense no me era del todo ajena. Acostumbrada a navegar por diversas webs católicas, sus frases y reflexiones siempre salían a mi encuentro, impresionándome gratamente por su claridad y rotundidad. Autor de cientos de artículos y de numerosos libros, destacó también como un excelente comunicador en los medios audiovisuales de su época. Su causa de beatificación continúa abierta tras el impulso que el Papa Benedicto XVI le otorgó al aprobar el Decreto por el que se reconocen sus virtudes heroicas.
 
Muy en consonancia con sus pensamientos, sentía unas ganas inmensas de emprender la lectura de sus obras, y entre las varias que esperan a ser leídas por mí, escogí comenzar por el libro que hoy traigo a mi blog, considerado un anticipo de la Teología del Cuerpo de San Juan Pablo II. En el mismo, el autor hace gala de un estilo muy directo, muy profundo y de extraordinaria altura para explicar claramente los verdaderos fundamentos del auténtico, y por tanto, imperecedero amor.

En la época actual la palabra amor está completamente desvirtuada como consecuencia del egoísmo, el abuso de la libertad y la rebelión contra el Todopoderoso. Estos factores propician los deseos físicos incontrolados y la consideración de la persona como un mero instrumento de placer. "En este mundo apartado de Dios, resulta indiferente si el alma se salva o no, es más, incluso se niega que haya un alma que salvar. Se ha sustituido la relación cuerpo-alma-Dios por la tensión sexo-cuerpo, haciendo del sexo un dios". Antes de proseguir es necesario dejar sentada una idea fundamental para comprender toda la cuestión que nos ocupa: NO ES POSIBLE DAR EL CUERPO SIN DAR EL ALMA, PUES AMBOS SON INSEPARABLES. No nos engañemos, tan carente de sentido es restar importancia al sexo como reducir la persona o la relación amorosa al sexo. Cuerpo y alma son una unidad, y tan anticristiano es ser contrario al cuerpo como serlo al alma. El secreto está en el ritmo armonioso de ambos, que se concreta en el mandato divino: "Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre". La atracción entre dos animales es fisiológica, pero la atracción entre dos seres humanos es, además de fisiológica, psicológica y espiritual. El espíritu humano tiene sed de infinito, y ese infinito es Dios. Cuando dentro de una unión matrimonial surge la infidelidad conyugal, tiene lugar la sustitución de un infinito por una sucesión de experiencias carnales finitas, dando lugar al vacío existencial y la frustración, pues buscar a Dios en un dios falso sólo puede convertir al ser humano en un espíritu deprimido. Nadie peca contra el amor sin herirse a sí mismo. Ningún ser humano puede dar lo que sólo Dios puede conceder. Prescindir de Dios conduce al amor carnal desprovisto de responsabilidades, convertido en un deseo ateo por ser ilegítimo. Esta es la razón por la cual erotismo y ateísmo van siempre de la mano.

Debemos afirmar con rotundidad que los verdaderos matrimonios son hechos en el Cielo. En espera de que se concrete, debemos custodiar nuestra pureza, pues es un don que sólo puede darse y recibirse una vez. La pureza es mucho más que una simple integridad física: es la firme resolución de no usar jamás el poder del sexo hasta que Dios ponga en nuestras vidas al marido o mujer para cumplir Su plan. Ese poder es un don otorgado por el Todopoderoso, y por tanto, su uso debe realizarse bajo la aprobación divina, pues está dirigido a cumplir sus designios creativos. Esta es la razón por la que se asocia el matrimonio con ritos religiosos. Esta es la forma en que cuerpo y alma no toman direcciones opuestas.
"El cuerpo es noble porque Dios se hizo hombre, tomando Su Cuerpo del cuerpo de una mujer... Es noble porque por él se comunican al alma los frutos de la Redención de Cristo... Es noble porque un día resucitará de entre los muertos".

Todo amor anhela la unidad, pero ésta debe lograrse a través de un vínculo capaz de proporcionarla: ese vínculo es el espíritu. Si la carne sirve como medio para la unidad es porque está ligada con un alma en un ser viviente. Todo amor es fruto de la bondad, del conocimiento y de la unidad espiritual, que se basa en un destino común, en la ayuda mutua, compartiendo las alegrías, penas, esfuerzos y sacrificios. El verdadero amor es tan fuerte que supera todas las dificultades y se enriquece por medio del sacrificio y del olvido de sí mismo, logrando que marido y mujer adoren conjuntamente a Dios.

El amor es cosa de tres, pues Dios está colocado entre el Yo y el , impidiendo que el Yo sea un egoísta y el un instrumento de placer. Hay un lazo exterior que los atrae, haciendo que el Yo y el se convierta en Nosotros. Sin Dios, falta el tercer elemento que mantenga unida a la pareja cuando surjan los problemas inherentes a la vida misma. "El amor es trino y uno porque es un reflejo del amor de Dios en Quien hay tres personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo". Esa unión de marido y mujer es el símbolo de la unión de Cristo y de Su Iglesia. Ambos juntos se dan a Dios y a Sus Santos Designios. Su amor crecerá con el paso del tiempo pues aman a ese Amor que es el Autor del suyo.  
 
El marido debe amar a su esposa y ésta debe estar sometida a su marido. He aquí una idea que suele ser mal interpretada en la actualidad. La unidad de esposo y esposa no implica absorción, ni aniquilamiento, ni destrucción, sino plenitud de uno en el otro. Sometimiento no implica servidumbre, pues la relación entre ambos debe ser igual a la de Cristo y Su Iglesia: Cristo es cabeza de la Iglesia, pero no la priva de libertad. El varón es la cabeza y la mujer es el corazón; la mujer no es la sirvienta, sino la compañera del hombre. Ambos deben ir a Dios, no uno después del otro, sino juntos.
 
Frente a la actitud actual en que se da toda la importancia a la atracción física y, como mucho, a la coincidencia de ideas, siempre he pensado que enamorarse debe ser algo mucho más sublime, algo que se origine en el encuentro entre dos almas, y no tan sólo entre personas de carne y hueso. Las almas primero se enamoran, luego se unen en la mente y finalmente, tras contraer Santo Matrimonio, efectúan la unión de la carne. Este es el auténtico orden sagrado que ha saltado por los aires desde hace muchas décadas con las nefastas consecuencias que están a la vista de todos. "Seamos una carne, ya que somos un alma". "En la posición cristiana, el amor carnal es un escalón hacia el Amor Divino, un arranque automático del motor de la familia".
 
"El acto del matrimonio es meritorio si uno lo cumple, sea por virtud o por justicia, para dar el débito al cónyuge, o por virtud de la religión, para que los hijos sean procreados para el culto de Dios". Los matrimonios que niegan deliberadamente el fruto de su amor, niegan la encarnación del amor y matan el amor mismo. Se convierten en dos seres aislados: una dualidad en lugar de una trinidad. "Todo amor termina en una Encarnación, incluso el de Dios". Los seres humanos poseen el íntimo deseo de participar en lo eterno, y como no lo pueden hacer en sí mismos, lo compensan continuando la vida en otro ser. De aquí se deriva el hecho de que la maternidad sea sagrada, pues Jesús también tuvo una madre. Cuando la mujer acepta la encarnación de su amor, recibe la dulce visita del Espíritu Santo. Ella será la madre no sólo de un cuerpo, sino de un alma. La paternidad tiene su prototipo en el Padre Eterno; la maternidad lo tiene en la Virgen María, ejemplo para todas las madres. Con el nacimiento de los hijos, se produce un nuevo paso en el que marido y mujer quedan liberados de egoísmos y poseerán mayor celo en el propio sacrificio. La dedicación de los padres y la obediencia por parte de los hijos son las dos principales virtudes de un hogar. La obediencia en el hogar es una referencia fundamental, y base de la obediencia de la nación. Si el mundo pierde su respeto por la autoridad, se debe a que antes lo perdió en el hogar.
 
Cuando Dios no bendice una unión con la llegada de los hijos, ello no implica que sea un fracaso, pues también hay trinidad cuando marido y mujer consideran su amor mirando hacia Dios. Ello queda reflejado en la resignación a Su Voluntad.
 
En medio de una sociedad hedonista, los seres humanos siguen anclados en el error de buscar el placer continuo y la eterna diversión, sin aceptar que la vida está repleta de altos y bajos, de momentos felices y otros difíciles, y negando el valor del sacrificio. En el amor cristiano, la otra persona es un don de Dios por quien el otro debe sacrificarse. Los momentos difíciles y amargos son pruebas enviadas por Dios para nuestra perfección espiritual. Al convertirse en una sola carne, cada cónyuge soportará al otro como a una cruz cuando surjan los problemas entre ellos. Ello brindará una ocasión única para la santificación propia, donde uno puede redimir al otro. Muchos matrimonios fracasan por la no disposición a hacer sacrificios. Amando al otro por amor a Cristo, se logra soportar mejor los sufrimientos, y supondrá un pequeño pago de la deuda contraída con Nuestro Señor. El sufrimiento, considerado como redentor, se transforma en alegría: la persona domina al sufrimiento, no el sufrimiento a la persona.
 
Cuando dos cónyuges se topan con los problemas en su relación y se sienten decepcionados, ofrecen la excusa de la incompatibilidad de caracteres, buscando en otro matrimonio lo que les faltó en el primero ¡Grave error! Lo único que logran es reproducir una situación similar, repitiendo los mismos errores. ¿Qué se puede esperar de personas que traicionan con tanta facilidad las promesas que formularon? No les importa caer en el deshonor con tal de satisfacer su ego, sin importar el pisotear a otra alma. Personas que actúan de ese modo, lo harán igualmente en cualquier otro ámbito. Se sentirán desligados de la nación, del deber de servir a su patria. "Los traidores al hogar de hoy serán los traidores a la nación de mañana". Si no son leales a un  hogar, tampoco lo serán a una bandera.
"Habrá fortaleza mientras una nación de familias sepa renunciar a lo mío por lo nuestro. Si el hombre no quiere tolerar los inconvenientes de una casa, no tolerará las tribulaciones de una emergencia nacional. Sólo puede salvarse una nación que reconoce el sudor, el trabajo y el sacrificio como aspectos normales de la vida, y esas virtudes se aprenden en el hogar".
Quienes piensan que pueden alcanzar la felicidad cambiando de compañero olvidan que el amor viene del cielo y que sólo trabajando para el cielo podrán hallar el amor que desean. La desilusión proviene de esperar de una criatura lo que únicamente Dios puedo otorgar. En lugar de buscar un nuevo amor, la solución radica en redescubrir al compañero, venciendo el egoísmo y fortaleciendo la voluntad. La felicidad radica precisamente en el sometimiento del ego y no en su satisfacción. En el amor egoísta, las cargas de los demás impiden la propia felicidad; en el amor cristiano, las cargas son oportunidades para servir. Cierto es que, en ocasiones, se plantean problemas muy duros y de extrema gravedad, generando circunstancias en las que es aconsejable una separación de los cónyuges, pero ello nunca da derecho a contraer un nuevo matrimonio.
 
Difícilmente se puede lograr un matrimonio hermoso dejándose imbuir por todas las miserias del mundo actual. Cada persona lleva en su corazón una imagen de todo aquello que ama: un ideal. Cuando ese ideal es elevado, la imagen de lo soñado es hermosa. De la misma manera, si el ideal del amor es elevado, la imagen del mismo será maravillosa y el matrimonio será hermoso.
 
Tal vez el mundo haya girado a tal velocidad que todo lo hermoso del pasado haya desaparecido, pero una fuerza tan poderosa como la del amor es un vivo reflejo de lo divino en lo humano. Estoy segura de que nunca es tarde para recuperar una visión tradicional de la vida que tantas cosas buenas logró entre nuestros antepasados. Hombres y mujeres somos diferentes, y está bien que así sea, para poder complementarnos. Si a ello añadiésemos la recuperación de los valores auténticamente cristianos, el resultado redundaría en beneficio de toda la sociedad. "El matrimonio cristiano es una oblación doble, ofrecida en dos cálices: uno llenado con virtud, pureza e inocencia, y el otro, con una dedicación intachable de sí mismo; la consagración inmortal del hombre a una mujer que es más débil que él, que hasta ayer le era desconocida y con quien hoy se siente contento de pasar el resto de la vida. Esas dos copas deben ser llenadas hasta el borde para que la unión sea santa y pueda ser bendecida por el Cielo".  La explicación del Arzobispo Fulton Sheen es tan hermosa, que poco más se puede añadir.
 
Con mutuo amor y mutua entrega, superando juntos las dificultades de la vida, se logra un amor absolutamente profundo e imperecedero, que es "el amor que se da en un solo corazón que une dos cuerpos formando una comunidad de intereses, pensamientos y deseos". En un amor armonioso, las mentes y las voluntades están absolutamente unidas, y el amor del uno por el otro es tan inmenso, que en realidad no hay dos corazones, sino uno, al modo del Sagrado Corazón de Jesús y del Inmaculado Corazón de María. Y como nuestro destino está en la eternidad, llegará el día en que alguno de los dos parta de este mundo terrenal. Partida y muerte son trágicas para dos personas que se aman pues no son dos corazones los que se separan, sino un corazón que se parte en dos...Pero no será una despedida para siempre, sino un "hasta pronto", con la seguridad del reencuentro definitivo.
 
 "En la eternidad, el amor hará perdurar su éxtasis eterno.
En el Cielo habrá amor porque Dios es amor".
 
Desear un amor que nunca muera,
un amor más allá de ambos,
un amor conyugal empleado el uno para el otro,
con el fin de llegar a este amor perfecto
y dichoso que es Dios. 
 
 
                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                             

miércoles, 9 de agosto de 2017

LIBRO DE ORACIONES DE LA MUJER CATÓLICA

Poco tiempo atrás, tuve ocasión de escribir en este blog sobre la autora Donna-Marie Cooper O'Boyle, a propósito de su libro "Our Lady's Message to Three Shepherd Children and the World", en el que realizaba un repaso de la historia de las apariciones de Nuestra Señora en Fátima, dirigido a los lectores infantiles.
 
Hoy traigo de nuevo a Donna Marie Cooper a mi blog a propósito de otro de sus libros, recientemente publicado, en el que ofrece oraciones dirigidas exclusivamente a las mujeres en nuestros diversos estados. Su título es "A Catholic Woman's Book of Prayers" ("Libro de oraciones de la mujer católica").
 
Foto: María Luz
 
Donna-Marie Cooper O'Boyle
 
La autora siempre sabe transmitir con gran sencillez sus buenos consejos espirituales, dejando claro que las mujeres enfrentan grandes retos en este mundo de hoy que, de una forma u otra, trata de confundirnos y de conducirnos por caminos tortuosos y casi siempre equivocados.
 
Este libro que hoy me ocupa reafirma en cada página las cualidades que Dios nos ha concedido, la dignidad de la mujer y la bendición que supone serlo, constituyendo un hermoso apoyo a nuestro espíritu, y dejando claro que ser mujer es un regalo y una bendición. Y ese regalo con el que Dios nos bendice consiste en estar disponibles para los demás, permaneciendo al lado de otros en sus penas y luchas, ofreciéndoles nuestro amor y nuestras oraciones. La autora ofrece consejos para crecer en nuestra vida espiritual, mejorando nuestras vidas y las de quienes nos rodean, ayudándonos a enfrentar los retos y los problemas que se presentan en las diversas etapas de nuestras vidas y en nuestras familias.
 
Independientemente de nuestro estado y situación, muchas mujeres luchan hoy en día por reprimir su femineidad innata e intentan imitar a los hombres, cuando en realidad ello supone un contrasentido, pues hombres y mujeres somos diferentes, y así debe ser para poder complementarnos. Seamos solteras, casadas, madres o mujeres de vida consagrada, Dios nos ha concedido inmensos regalos que debemos usar para Su Gloria y para el bien de los demás, y entre esos regalos están cualidades como la receptividad, la sensibilidad, la generosidad, la capacidad de dar vida, etc. Es bueno que reflexionemos sobre la alegría de nuestra vocación como mujeres, teniendo muy presente nuestro deber, como mujeres cristianas, de conducir nuestras vidas a contracorriente de las imposiciones del mundo actual, esforzándonos por ser un ejemplo de santidad para los demás.
 
El corazón femenino es inmenso y está lleno de amor. En el Evangelio podemos comprobar cómo las mujeres estaban cercanas a Nuestro Señor, aceptando Sus enseñanzas, aprendiendo de Él, y siguiéndole. Según nos recuerda el Arzobispo Fulton Sheen: "Las mujeres han demostrado resistir las situaciones de crisis mucho mejor que los hombres. Y para llegar a esta conclusión, nada mejor que remontarnos a la mayor crisis que el mundo haya enfrentado, la Crucifixión de Nuestro Divino Señor. Cuando nos fijamos en ese drama del Calvario, hay un hecho que permanece claro...Los hombres fallaron, en cambio, no hay un solo caso de mujer que fallara a Jesús".  Nosotras, mujeres de hoy, no tenemos la presencia física de Nuestro Señor Jesucristo, pero contamos con algo muy importante que nos convierte también en privilegiadas: contamos con una Iglesia que posee más de dos mil años de experiencia enseñando en la búsqueda del Señor.
 
Todas nuestras oraciones son escuchadas, pero cierto es que, a veces, nuestros deseos pueden contrariar lo que más conviene a nuestra salvación. Por ello, comencemos cada día ofreciendo todo a Nuestro Señor, siendo conscientes de nuestra misión, manteniéndonos humildes y con espíritu de servicio hacia los demás, invocando al Espíritu Santo para que nos guíe, nos inspire, nos fortalezca y nos haga conocer Su voluntad. Tal como decía el Cardenal Mercier: "La sumisión al Espíritu Santo es el secreto de la santidad".
 
A través de las páginas de su libro, Donna-Marie Cooper nos invita  a fijarnos en el ejemplo de la Santísima Virgen María, emulando Sus virtudes, actuando tal como Ella siempre lo hizo, con fe, esperanza y amor. He aquí una importantísima petición que podemos incluir en nuestra oración diaria, pidiendo incrementar esas virtudes en nuestros corazones. Y junto a esta importantísima referencia, aparece también el ejemplo de Santa Teresa de Calcuta, gran amiga de la autora, que siendo una mujer de aspecto menudo y frágil, hizo gala de las mencionadas virtudes y de su permanente "sí" a la voluntad divina, proporcionándole toda la fuerza necesaria para cumplir su misión en la vida terrenal.
 
Reflexionando el contenido del libro y aplicándonos a la oración, lograremos progresar en nuestra vida espiritual y convertirnos en faros de luz para quienes nos rodean, con la ayuda de Nuestra Señora y la gracia de Nuestro Señor.
 
Con mi sincero agradecimiento a la señora Donna-Marie Cooper O'Boyle
y a Paraclete Press.

martes, 1 de agosto de 2017

A MI BUEN SAN JOSÉ


Mi estimado y buen San José:

Bien sabéis que desde hace unos meses sois, junto a vuestra Santísima Esposa, protagonista primordial de mis devociones más queridas. A Ella le debo el haberme guiado a Vos, con su maternal cuidado, sabiendo que Vos seríais una ayuda inestimable para mi pobre alma, tan necesitada de un brazo fuerte en el que apoyarse.
 
Es así como, día tras día, estáis presente en mis invocaciones y siempre soy atendida por Vos con diligencia y amable atención. Razón por la cual, me he interesado en conoceros en profundidad, y con tal objeto, mis últimas semanas han estado ocupadas leyendo sobre Vos, en tres libros que no han hecho más que aumentar mi admiración hacia vuestra excelsa figura.

Foto: María Luz
 
Siempre os imaginé como el más dulce, solícito y humilde de los hombres, pero esos tres adjetivos, siendo ciertos, no son capaces de abarcar todas las facetas que componen vuestra maravillosa personalidad. Pues, más allá de ser el hombre bueno que fue Esposo de la Madre de Dios y padre nutricio de Nuestro Salvador, fuisteis el confidente íntimo de los designios de Dios.
 
Sois un hombre justo porque en Vos se reúne el compendio de todas las virtudes en el más alto grado de perfección. Todo apunta a que fuisteis santificado en el seno materno, en atención a la futura dignidad que tendríais que ostentar. No podría ser de otro modo siendo el destinado a desposar a la Santísima Virgen, Madre del Salvador.
 
Años atrás tuve ocasión de visitar la tierra en que nacisteis. Siendo vuestra familia originaria de Belén, como miembro de la Casa de David, quiso el Todopoderoso que nacierais en la hermosa y fértil Galilea, tierra que habitaban judíos y gentiles, lugar ideal para criar y educar al Salvador de todos los hombres, sin distinción de origen. Por vuestro linaje, sois noble, pero también poseéis la nobleza de alma pues atesoráis todas las virtudes y la santidad. Aquí radica, precisamente la verdadera nobleza, en la excelencia de vuestra persona.
 
Casto y virginal, siempre antepusisteis en todo la voluntad de Dios, por ello, cuando fue vuestra vara la que floreció entre todas las varas de los jóvenes de la Casa de David que aspiraban a casarse con María, cumplisteis el designio divino y junto a Ella formasteis un matrimonio perfecto en cuanto a su esencia y sus buenos efectos. María debió sentirse feliz apreciando vuestra fe, elevación de alma, sencillez, vuestra mirada limpia y vuestros gestos reposados, haciéndola sentir segura a vuestro lado. Mientras, vuestra alma se dilataría con un inmenso instinto protector, sabiendo que por Ella y con Ella, poseeríais todos los bienes. Dichoso el esposo de una mujer buena, y dichosa la esposa de un hombre tan dulce, solícito y seguro apoyo en toda circunstancia. Vuestra unión constituye todo un ejemplo que nos estimula a progresar interiormente delante de Dios y de los ángeles, a obedecer fielmente Sus designios, sabiendo que Sus planes distan mucho de los planes humanos.
 
 
Las circunstancias que tuvisteis que enfrentar no tardaron en presentarse. Dios había puesto en vuestras manos a su criatura privilegiada, bendita entre todas las mujeres, en quien había pensado desde toda la eternidad. Y cuando percibisteis la futura maternidad de María, sentisteis no estar a la altura de la misión que se os encomendaba, pero Dios os concedió las gracias necesarias para cumplirla, pues cuando predestina un alma a una misión, siempre le otorga los dones necesarios para su realización. El amor del Altísimo constituyó la base de vuestra alianza, y por ello, al hacerse hombre, quiso aparecer ante el género humano como fruto de tan santa unión.

Os imagino contemplando al Niño Jesús nacido en Belén, siendo el primer hombre que tuvo la dicha de recibir en sus manos al fruto bendito del vientre de María. Esa pequeña criatura junto a la presencia de vuestra Santísima Esposa fueron la luz que iluminó vuestros días. Por ellos y para ellos ofrecisteis vuestra vida entera. Al igual que los Magos, llegados para adorar a Jesús recién nacido y ofrecerle sus presentes, Vos le ofrecisteis el oro de vuestro amor y sumisión, el incienso de vuestra fe, la mirra de vuestros brazos y energías hasta el día de vuestra muerte, para colaborar de forma tan esencial en la obra de Salvación.

Ante el aviso del ángel que anunciaba amenaza y muerte, os visteis obligado a tomar a vuestros dos tesoros y partir hacia Egipto sin mirar atrás, dejando vuestro hogar, vuestra tranquilidad y afrontando la incertidumbre del exilio.  Fue ahí donde nos demostrasteis a lo que hay que estar dispuesto para guardar a Jesús. Igualmente sois maestro a la hora de dolernos de Su pérdida, llenarnos de ansiedad en Su búsqueda y rebosar de alegría ante Su hallazgo. En Vos vemos el reflejo de las preocupaciones, fatigas y trabajos de esta vida, que son los caminos cuyo tránsito hará posible el incremento de nuestras virtudes en nuestro trayecto hacia Dios.

Siendo Jesús hijo del Todopoderoso, quiso Dios que Vos le representarais como padre terrenal, que educarais a Su Hijo con vuestro ejemplo y conducta, y Jesús os honró mostrándoos total sumisión, docilidad y obediencia, viendo en Vos la imagen de Su Padre celestial.

Vuestro oficio de carpintero era el más conveniente para Vos y vuestra familia, permitiéndoos una vida retirada, pacífica y útil en cualquier lugar en que estuvierais destinado a habitar. La madera era vuestro material de trabajo, convirtiéndose en instrumento de salvación. Rodeado de madera del pesebre, nació el Salvador, y sobre la madera de una cruz entregó Su vida para alcanzar nuestra redención. Entre un suceso y otro, Él os acompañó compartiendo vuestro trabajo, siendo vuestro aprendiz, de la misma forma que Vos le observabais también para aprender de Él. Contemplando a vuestro Hijo, debisteis manteneros, al igual que vuestra esposa, en la reserva de vuestra reflexión, sabiendo que pertenecía al Padre de los cielos, y sin que ello os paralizara a la hora de ejercer vuestra función paternal con perfecta rectitud.
 
"Sagrada Familia" - Nazaret
Foto: María Luz
 
Echando la vista atrás, recuerdo mi visita a vuestra casa en Nazaret, e imagino el hogar de tres personas que se aman en comunión constante, sometidos a la voluntad del Padre. Vos, San José, sometido a la voluntad divina, vuestra Esposa María, subordinada a Vos, y Jesús, obediente a ambos. Toda una lección divina que nos enseña que el poder es más un servicio que un privilegio. Sois tres corazones en uno: Vos sois el mejor medio para llegar a María, y Ella, el mejor medio para llegar a Jesús. No me cabe la menor duda de que consagrándonos a vuestros tres corazones y viviendo dentro de ellos, estaremos bien protegidos y defendidos de la maligna adversidad.
 
Casa de la Sagrada Familia en Nazaret
 
Con la misma sumisión a la voluntad divina, enfrentasteis el momento de vuestra muerte. Como hombre de silencios y dado a la reflexión, seguramente no expresaríais con palabras todo aquello que desfiló en vuestra mente en esos momentos. Estabais habituado a callar para dejar hablar a Dios. Os imagino en vuestro lecho de muerte, siendo atendido por la tierna solicitud de Vuestra amada Esposa, y confortado por vuestro hijo Jesús con palabras de vida eterna. Dios había puesto en vuestras manos el cuerpo recién nacido de Su Hijo, y ahora Vos poníais vuestro espíritu en las Suyas. Vuestra muerte tuvo que convertirse en muerte de amor viendo que vuestros últimos momentos de vida terrenal eran sostenidos por todo un Dios y consolados por Su Madre. ¿Cabe mayor felicidad?...Y así expirasteis en brazos de Dios y lleno de consuelos celestiales.

Vuestra vida es la de un hombre humilde opuesta a la de los orgullosos. Un hombre sencillo, discreto, piadoso, trabajador, dulce y pacífico, de noble linaje, aceptando sin queja la modestia de su condición. Un hombre angelical, que tuvo la dicha que servir familiarmente a Dios, como no lo han podido hacer todos los ángeles en su conjunto. Silencioso en la vida y en la muerte, buscando siempre complacer al Señor. Ejemplo de predicadores, pues tiene más mérito predicar con el ejemplo que con la palabra. Vuestras fatigas se vieron compensadas con la luz que recibíais viviendo entre la Luna y el Sol. Sois el insigne vencedor frente a los tiranos que amenazaban al Rey de los judíos, dispuesto a dar vuestra vida por Él. Insigne vencedor sobre el demonio que nunca pudo ni siquiera atravesar el umbral de vuestra puerta. Lleno de fortaleza y confianza, en Vos se reúnen toda la luz y el esplendor que los demás santos tienen juntos. Todo ello os ha hecho merecedor de vuestra glorificación. Y todo ello nos obliga a veneraros, y a honraros tal como hicieron vuestra Santísima Esposa y Nuestro Señor Jesucristo. Si así lo hacemos estaremos también honrándoles a Ellos, y causando gran alegría en toda la corte celestial.
 
Patrocinio de San José.
(Gaspar Miguel de Berrío - Bolivia, siglo XVIII)
 
"Frente a la agitación y los oropeles estimados en el mundo, San José nos enseña que la única grandeza consiste en servir a Dios y al prójimo, cumpliendo amorosamente el deber, por humilde que sea, sin buscar otra compensación que agradar a Dios y someterse a Sus designios, con el único temor de no servir suficientemente bien...El mensaje de José es la llamada a la primacía de la vida interior, de la contemplación, de la abnegación. Lo esencial no es parecer, sino ser, servir y buscar la gloria de Dios".

Mi querido y amable San José, os venero con todo mi corazón y os agradezco vuestra siempre solícita ayuda. Desde hoy, esta pobre esclava de María se consagra también a Vos, solicitando vuestro amparo en todas y cada una de las circunstancias que me queden por vivir, y declarándoos mi veneración y amor, pues quien ama a Jesús y a María, debe también amaros a Vos, pues los tres estáis unidos en el cielo y en la tierra con un amor inmenso en un solo Corazón.
 
María Luz
  
CONSAGRACIÓN A SAN JOSÉ
 
Yo me consagro a Vos, querido San José,
a fin de que seáis para mí un padre, un protector y un guía
en el camino de la vida.
Deseo que conservéis mi alma limpia de toda mancha de pecado,
para que sea toda hermosa y pura para Jesús.
Ofrecedme a María, mi Madre querida,
para que Ella me consagre a Jesús.
De este modo, viviendo siempre en vuestros Tres Corazones,
pueda yo vivir cumpliendo la voluntad de Dios
y al final me obtengáis una santa muerte.
Amén.
 
Para conocer en mayor profundidad la excelsa figura de San José, he tenido el inmenso placer de leer los siguientes libros, cuya lectura recomiendo:
 
"Suma de los dones de San José" (P. Isidoro de Isolanis - S. XVI)
"Treinta visitas al silencioso San José" (Fr. Henri-Michel Gasnier, O.P.)
"San José, el más santo de los santos" (P. Angel Peña O.A.R.)
 
 

jueves, 20 de julio de 2017

EL ARTE DE APROVECHAR NUESTRAS FALTAS

Como humanos que somos, estamos repletos de debilidades e imperfecciones, "de nosotros sólo se pueden esperar caídas". Esta es la realidad que debemos aceptar, sabiendo que, mientras vivamos en esta tierra, estaremos sometidos a pruebas y seremos víctimas de nuestros defectos e imperfecciones.


Partiendo de este hecho, Joseph Tissot, misionero de San Francisco de Sales, escribió en el siglo XIX un libro de gran provecho titulado "El Arte de aprovechar nuestras faltas", en el que, siguiendo los consejos del Santo y Obispo de Ginebra, nos muestra cómo la misericordia divina no nos abandona y siempre premia nuestro sincero arrepentimiento. Su lectura nos infunde ánimo a través de sus caritativos consejos.


San Francisco de Sales

Siendo conscientes, por tanto, de nuestras debilidades y fallos, no deben asombrarnos nuestras faltas. Esto no significa que quitemos importancia a nuestros pecados, todo lo contrario, debemos esforzarnos por no caer en ellos, debemos evitarlos y detestarlos. Es necesario que tengamos calma y progresemos en nuestra purificación paso a paso, levantándonos tras nuestras caídas, subiendo "escalón a escalón, como los ángeles de la escala de Jacob"..."La curación que se hace lentamente es la más segura". Nuestras caídas son consecuencia de nuestra rapidez y nuestra falta de precaución. En cualquier avance también tienen lugar retrocesos puntuales, de la misma forma que en toda batalla, los ejércitos se ven obligados a replegarse en ciertas ocasiones. Dichos retrocesos ayudan a nuestro fortalecimiento espiritual y no deben importarnos con tal de continuar en el avance. Nuestro deber es combatir y tener siempre presente que quienes no luchan, nunca reciben golpes...Si recibimos un golpe, no desistamos, sigamos luchando y poco a poco avanzaremos.



En todo progreso espiritual debemos contar con nuestras numerosas caídas. Ello nos ayudará en nuestro perfeccionamiento y también en la comprensión hacia nuestros hermanos, a los que debemos perdonar, sin que ello implique indiferencia ante el pecado, el cual debemos detestar y reparar.


Cuando cometamos una falta, y "nos veamos caídos y sucios", no nos turbemos, detestemos el pecado, arrepintámonos sinceramente con una tristeza que no suponga nunca un dolor indignado, pues el verdadero arrepentimiento es siempre sosegado. "Donde hay perturbación, no está el Señor". Levantémonos con tranquilidad y confianza, teniendo calma y paciencia con nosotros mismos, pues la inquietud sólo conseguiría que nos enredásemos más en las redes de las imperfecciones. Si actuamos con calma, evitaremos una nueva caída. Por el contrario, el desasosiego es altamente perjudicial, pues viene motivado por el amor propio, por buscarnos a nosotros mismos. Nos disgustamos al comprobar que no somos perfectos, en lugar de disgustarnos por haber ofendido a Dios. Decía San Optato de Milevi: "Más valen los pecados con humildad, que la inocencia con soberbia". La soberbia es el más grave de todos los pecados porque supera a los demás en aversión a Dios. Si nos impacientamos ante nuestras faltas, tengamos la seguridad de que esa inquietud viene del demonio.


Esa pena tranquila que debe producirnos nuestra caída hará que recobremos fácilmente los ánimos y obtengamos un propósito sereno y firme de corregirnos. Toda caída sirve para ver realmente nuestra miseria, ayudándonos a soportar nuestras imperfecciones con un objetivo primordial: crecer en la humildad.  Todo lo que hay de bueno en nosotros, no es nuestro, sino que procede de Dios. Este punto es esencial pues nos ayudará a ser plenamente conscientes de nuestras flaquezas, por tanto, siendo también más comprensivos con las faltas e imperfecciones de los demás. Sólo conociéndonos bien a nosotros mismos, podremos encontrar el alma del prójimo en la nuestra y descubrir el modo de ayudarle. De esta manera, lograremos que nuestra severidad con el prójimo se transforme en compasión, viendo con claridad que ninguno de nosotros está libre de caer en las imperfecciones en que caen los demás. Todas y cada una de las caídas nos ayudarán al desprecio propio para mantenernos en la santa humildad.
Nuestra llegada a la deseable humildad se produce siendo almas verdaderamente cristianas, y por tanto, sintiendo la necesidad de experimentar las humillaciones al lado de Nuestro Señor Jesucristo. Por tanto, siendo la humildad una virtud que debemos desear, necesitamos amar las humillaciones, pues son el camino que nos conducirá a esa virtud. Para ello, debemos aceptar siempre de buen grado el ser humillados y corregidos.


Una vez que tenemos claro que somos imperfectos, que estamos expuestos a numerosas caídas durante nuestra vida terrenal, y que no debemos inquietarnos por ello, es necesaria nuestra absoluta confianza en la misericordia divina. Debemos pedir perdón a Dios con sencillez, estando seguros de su infinito amor y de su perdón. Dios es el más bondadoso y generoso de los padres, dispuesto siempre a colmarnos de numerosos favores. Al Todopoderoso no le importan tanto nuestra faltas como el provecho que saquemos de ellas, siempre que las empleemos para humillarnos ante Él y hacernos bondadosos. Teniendo presentes nuestras infidelidades del pasado, descubrimos la bondad de Dios y el precio de los méritos de Nuestro Salvador Jesucristo.


Ser conscientes de nuestros fallos supone identificar y combatir sus causas y evitar las ocasiones que pueden motivar nuestras caídas. Ello será de gran ayuda en nuestro perfeccionamiento, pues como decía San Francisco de Sales: "Es preciso no olvidar jamás lo que hemos sido, para no llegar a ser peores". Con nuestro sincero arrepentimiento y a través del sacramento de la confesión, practicamos varias virtudes al mismo tiempo: humildad, obediencia, sencillez y caridad.


Nuestras faltas deben servirnos para practicar la satisfacción, es decir, la restitución a Dios del honor que le hemos quitado, cerrando las puertas a todas las ocasiones de pecado, recuperando el tiempo perdido. Para ello, tal como ya ha quedado apuntado, debemos arrepentirnos sinceramente, pedir perdón confesando nuestras culpas e implorando la misericordia divina. Una vez hecho esto, y detestando los pecados que hemos cometido, debemos mantenernos tranquilos y realizar la reparación por nuestras ofensas. ¿Cómo reparar? Recobrando el tiempo perdido, levantándonos tras nuestras caídas con mayor ánimo para proseguir el combate, y redoblando nuestro fervor a través de las lágrimas del alma y de nuestro dolor de corazón por nuestros fallos.


Santa María Magdalena es el referente que nunca debemos perder de vista. Ella salió de su situación de pecado, pidió perdón a Dios con verdadera contrición, y con firme resolución de no volver a pecar, sirviendo de ejemplo a los demás pecadores. En la misma medida que ofendió a Dios, así también se dedicó a hacer penitencia con todo su corazón, con toda su alma y con todos sus sentidos.


"María Magdalena en penitencia"
(Ferdinand de Braekeleer, 1822)


Esta pobre esclava de María que aquí escribe, no puede concluir este resumen sin destacar otro aprovechamiento al que nuestras faltas deben conducirnos: la devoción a la Santísima Virgen, pues Ella es nuestra Madre de Misericordia y el refugio de los pecadores. Tal como San Luis Mª Grignion de Montfort nos explica en el "Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen", Nuestro Señor Jesucristo es nuestro mediador ante Dios Padre, y nos ha concedido a Su Santísima Madre como mediadora entre Él mismo y nosotros. ¿Cómo desanimarnos contando con tan excelente y maravillosa intercesora? A Ella podemos recurrir sin ningún temor, pues Ella es nuestra Madre llena de bondad, y en cuyos brazos podemos refugiarnos como hijos suyos que somos, con la seguridad de que en Ella encontraremos la mejor ayuda en nuestro camino al Cielo.


Virgen de la Misericordia.
(Bartolomeo Caporali, 1482)



"¡Adelante! Hemos dado un mal paso, vayamos despacito y con cuidado.
Volvamos al camino de la humildad y vigilemos mejor.
¡Dios nos ayudará!".

"Dios no ama nuestras imperfecciones, ni nuestros pecados,
pero nos ama a pesar de ellos".


martes, 9 de mayo de 2017

CARTA A LOS AMIGOS DE LA CRUZ

Leer a San Luis María Grignion de Montfort es un privilegio. Tras la lectura de La Verdadera Devoción a la Santísima Virgen, y el Secreto Admirable del Santísimo Rosario, ha llegado el turno de abrir las páginas de la Carta a los Amigos de la Cruz, librito en el que su autor nos explica la importancia que, para nosotros cristianos, tiene el apego a la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo, y cómo podemos unirnos más estrechamente a esa Cruz adorable.
 
 
"Amigos de la Cruz, ¡qué nombre tan grande! Es el nombre inconfundible del cristiano." Esta idea resulta tan difícil de aceptar para la inmensa mayoría, sin darnos cuenta que, cuanto más nos alejemos de la cruz, más sufriremos y más nos desviaremos del camino que conduce al Cielo. San Luis María nos explica que todo amigo de la cruz es un hombre elegido por Dios, un héroe que combate contra el demonio y el mundo, venciendo a ambos. Amando la cruz, soportando sufrimientos, penas y humillaciones, se opone al orgulloso Satanás; amando la pobreza, vence la avaricia del mundo; sintiendo apego al dolor, destierra la sensualidad de la carne.
 
El amigo de la Cruz se convierte en un ser que se eleva sobre lo terrenal, lo visible y perecedero, pues su mente y su destino están en el cielo, identificándose en todo con Nuestro Señor..."Ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí".
 
Para ello debemos visualizar claramente la existencia de dos bandos muy diferenciados:
 
  • El bando de Jesucristo: compuesto por los auténticos seguidores de Jesús, de escaso número, pues seguir al Maestro supone poseer un grado de valentía que permita cargar con las cruces con buen ánimo, sirviendo a Nuestro Señor todos los días de nuestra vida, y encaminándose hacia el cielo.
  • El bando del mundo o del demonio: es el más numeroso, y a simple vista muestra una apariencia atrayente. Sus integrantes aborrecen la humillación, ambicionan los honores, y viven sumergidos en placeres, ofreciendo justificaciones para todo lo que acometen, pensando que la misericordia divina les salvará y les abrirá las puertas del cielo, sin que tengan que renunciar a ningún aspecto terrenal. En realidad, se engañan a sí mismos, pues Dios es misericordioso pero también justo.
Como cristianos, debemos aplicarnos a la lectura de este librito y grabarnos a fuego cada una de las directrices que el autor nos ofrece para alcanzar la perfección cristiana, y que paso a exponer.
 
La perfección cristiana comprende varios aspectos que debemos cumplir:
 
  1. Querer ser santos, es decir, querer seguir a Jesucristo, renunciando al mundo, a su propio cuerpo y a su propia voluntad.
  2. Abnegarse, lo cual implica, negarse a sí mismo.
  3. Padecer: cargar con la propia cruz. 
  4. Obrar: seguir a Jesucristo.
Cargar con la propia cruz, implica cargar con la cruz individual, la que el Altísimo destina a cada uno de nosotros, conformada por nuestros sufrimientos, dolores, humillaciones, una cruz construida a nuestra medida, que debemos cargar con buen ánimo y sin quejas. Debemos ser muy conscientes de este punto, pues tenemos que pagar por nuestros pecados en este mundo o en el otro. Y a todas luces, es mucho más ventajoso hacerlo en este mundo, pues de esta forma, nuestro castigo será más suave y llevadero, asistiéndonos en todo momento la misericordia divina. Mientras que si tuviéramos que pagar por nuestros pecados en el otro mundo, sería un castigo sin misericordia y eterno. Cargar nuestra cruz es un regalo que Nuestro Padre nos hace, pues sólo a través de ella podremos entrar en el cielo, por ello mismo, sufrir con alegría se convierte en un acto de sabiduría. Además debemos tomar en consideración que si Nuestro Señor fue coronado de espinas, nosotros no somos merecedores de estar coronados de rosas, pues "es necesario que el discípulo sea tratado como el maestro y el miembro como la Cabeza." Aceptando la voluntad divina con paciencia y resignación, demostraremos nuestro amor a Jesucristo, que padeció tanto por nosotros, y nos purificaremos. Él sabe bien lo que hace, lo que nos conviene, "sus golpes son acertados y amorosos." Y además fijémonos en  el ejemplo de numerosos santos, que fueron hombres y mujeres de carne y hueso, y que con la ayuda de la gracia, demostraron su amor a Nuestro Señor, y hoy disfrutan del paraíso celestial. Nada ni nadie evitará nuestro sufrimiento, por tanto, mejor sufrir con paciencia y resignación, con alegría como hizo Jesucristo, asistidos de la gracia, que sufrir con impaciencia, incrementando el peso de nuestra cruz con el añadido por el demonio, sin asistencia de la gracia, y condenándonos al sufrimiento eterno.
 
Cargar la cruz y seguir a Jesucristo, implica llevar la cruz como Él la llevó, y para conseguirlo debemos guardar una serie de catorce reglas:
  1. No buscar cruces a propósito ni por culpa propia. No tiene sentido hacer el mal para buscar el desprecio de otros y cargar con esa cruz, sino todo lo contrario, debemos hacer siempre el bien, imitando a Nuestro Señor Jesucristo, para agradar a Dios y ganar al prójimo. Será siempre la Providencia la que nos enviará los sufrimientos, sin que nosotros lo elijamos.
  2. Mirar por el bien del prójimo. A la hora de actuar, siempre debe guiarnos la caridad hacia el prójimo.
  3. Admirar, sin pretender imitar, ciertas mortificaciones de los santos. Admiremos sus virtudes y la maravillosa obra del Espíritu Santo en sus almas, pero no pretendamos volar tan alto como ellos.
  4. Pedir a Dios la sabiduría de la Cruz, y pedirla con insistencia, para que lleguemos a comprender cómo podemos llegar a desear, buscar y cargar la cruz.
  5. Humillarse por las propias faltas, pero sin turbación. Si hacemos algo indebido, sea por culpa o por ignorancia, humillémonos enseguida ante Dios, y aceptemos la humillación que nos pueda sobrevenir, pues es permitida por Dios para humillarnos ante nosotros mismos y ante los hombres, y quitarnos la consideración orgullosa de las gracias concedidas por Él.
  6. Dios nos humilla para purificarnos, y de este modo, conducirnos a la humildad y santidad, pues "todo cuanto hay en nosotros está corrompido por el pecado de Adán y por los pecados actuales."
  7. En las cruces, evitar la trampa del orgullo. Nunca debemos pensar que nuestras cruces son grandes y muestra del amor que Dios nos tiene, sino amorosos castigos por nuestros pecados.
  8. Aprovecharse más de los sufrimientos pequeños que de los grandes, ya que Dios no mira tanto cuánto sufrimos sino cómo sufrimos. "Sufrir mucho y mal es sufrimiento de condenados; sufrir mucho y con aguante, pero por una mala causa, es sufrir como mártir del demonio; sufrir poco o mucho, por Dios, es sufrir como santo." Ante las contrariedades que nos sobrevengan, demos gracias a Dios.
  9. Amar la cruz con amor sobrenatural. Dios no nos exige que amemos la cruz con amor sensible, pues resulta imposible a la naturaleza. Hay otro amor a la cruz que es el racional, que surge del conocimiento de la felicidad que hay en sufrir por Dios. Siendo éste un amor bueno, no es siempre necesario para sufrir con alegría y según Dios. Existe un amor fiel y supremo, que nace del alma, a la luz de la fe, que nos hace amar la cruz que cargamos. Con uno de estos dos últimos tipos de amor, debemos amar la cruz y aceptarla.
  10. Sufrir toda clase cruces, sin rechazarlas ni elegirlas...Cualquier injusticia, pobreza, pérdida, enfermedad, humillación, pena, calumnia, abandono, traición..."Ahí está la meta suprema de la gloria divina y de la felicidad verdadera del auténtico Amigo de la Cruz".
  11. Los cuatro motivos para sufrir como se debe: La mirada de Dios (Dios dirige Su mirada a quien lucha por Él y carga su cruz con alegría); la mano de Dios (que está en todo aquello que nos sobreviene...No nos resistamos a ello, pues nos podría someter a la justicia de la eternidad); las llagas y dolores de Jesús crucificado (mirémosle a Él, que era inocente, y no nos quejemos nosotros, que somos culpables); el cielo y el infierno (contemplemos el lugar que merecemos por nuestros pecados, y por sufrir mal...y fijemos nuestra vista en el reino eterno al que llegaremos, luchando con valentía y cargando nuestra cruz con paciencia).
  12. Nunca nos quejemos voluntariamente de las criaturas de que Dios se sirve para afligirnos. La queja que constituye pecado es la que trata de evitar el mal que nos hace sufrir, o la queja con intención de venganza, o la queja consentida y acompañada de murmuración e impaciencia.
  13. Recibir la cruz con agradecimiento, sabiendo que la recibimos por nuestro bien.
  14. Cargar con cruces voluntarias...Pequeñas cruces como renuncia al apego de ciertas cosas, alimentos, etc...Esto nos ayudará a enriquecernos, siendo fieles al Señor, y recibiendo de Él numerosas gracias junto con las cruces, hasta llegar a la gloria eterna.
 
Si seguimos todos los consejos ofrecidos por San Luis Mª Grignion de Montfort, acatando todas estas reglas, nos convertiremos en auténticos amigos de la Cruz, y en merecedores de alcanzar el reino celestial.


 IMÁGENES : Google
 

domingo, 7 de mayo de 2017

EL MENSAJE DE NUESTRA SEÑORA DE FÁTIMA PARA LOS NIÑOS

A tan sólo unos días de la conmemoración del centenario de las apariciones de la Santísima Virgen en Fátima, he recibido un regalo, pequeño en tamaño pero inmenso en contenido, titulado "Our Lady's Message to Three Shepherd Children and the World", editado por Sophia Institute Press. Su autora, la escritora y periodista americana Donna-Marie Cooper O'Boyle, ha publicado numerosas obras sobre nuestra fe, que junto a sus numerosas intervenciones en emisoras de radio y en el conocido canal católico EWTN, la han convertido en una autora de referencia y en "portavoz" de lo que podríamos denominar la femineidad católica.
 
Foto: María Luz
 
Donna-Marie Cooper O'Boyle
Foto: donnamariecooperoboyle.com
 
 Si bien sus libros no están traducidos al español, para todos aquellos que seguimos todo lo relacionado con la catolicidad a través de Internet, Donna-Marie Cooper es una personalidad muy presente en medio de un mundo despojado de religiosidad. Esposa, madre y abuela, ella es una autora de referencia, y en sus manifestaciones está siempre patente su gran amor y devoción a Nuestra Señora, así como la profunda huella que dejó en su vida su amistad con Santa Teresa de Calcuta.
 
El librito que hoy me ocupa es un pequeño tesoro, en el que la autora relata a los niños todo lo que aconteció en Fátima hace ya cien años, y la forma en que las apariciones de Nuestra Señora marcaron la vida de los tres pastorcitos que tuvieron la dicha de contemplar a la Dama del Cielo.
 
A través de su encantadora redacción y de sus bonitas ilustraciones, los niños estudiantes de inglés, podrán descubrir paso a paso la maravillosa historia real vivida por Lucía, Francisco y Jacinta, abordando su lectura con la misma atención que prestarían a cualquier cuento de hadas, si bien, en este caso, la historia supera con creces lo relatado en los clásicos cuentos infantiles. En el contenido, se aprecia el conocimiento que la autora posee de la mentalidad infantil como experimentada madre y catequista, y en cada una de las líneas desliza con maestría, notas y detalles piadosos que se introducirán en las mentes infantiles sin ningún esfuerzo, siendo fiel en todo momento a la sucesión de los acontecimientos. Junto a ello, la autora plasma en varios apéndices las instrucciones ofrecidas por Nuestra Señora, como la conversión, la penitencia, la devoción de los primeros sábados de mes...así como las oraciones asociadas a las apariciones, destacando la importancia del rezo del Santo Rosario y sus beneficios.
 
El libro se divide en doce capítulos, presentando al final de cada uno un aspecto que me ha agradado especialmente. Se trata de un epígrafe en el que la autora plantea hechos y preguntas que invitan a los niños a reflexionar y a progresar en su camino espiritual. Dichos epígrafes serán también una gran ayuda a los padres para involucrarse más si cabe en la formación espiritual de sus hijos, pues hoy, más que nunca, es necesario mantener a los niños cerca del sentimiento religioso para que no sean víctimas de la descristianización de nuestra sociedad.
 
En resumen, se trata de un librito encantador, que enseña a los más jóvenes el mensaje de Fátima, y lo que es más importante, a vivirlo, contribuyendo al triunfo del Inmaculado Corazón de María, y a alcanzar la santidad.
 
Les aseguro que yo he disfrutado mucho a través de sus páginas, aun cuando ya no soy una niña...o ¿tal vez lo siga siendo?...
 
"Si no os convertís y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los Cielos."
(Mateo 18:3)
 
Con mi sincero agradecimiento a la señora Donna-Marie Cooper O'Boyle
y a Sophia Institute Press.