miércoles, 9 de agosto de 2017

LIBRO DE ORACIONES DE LA MUJER CATÓLICA

Poco tiempo atrás, tuve ocasión de escribir en este blog sobre la autora Donna-Marie Cooper O'Boyle, a propósito de su libro "Our Lady's Message to Three Shepherd Children and the World", en el que realizaba un repaso de la historia de las apariciones de Nuestra Señora en Fátima, dirigido a los lectores infantiles.
 
Hoy traigo de nuevo a Donna Marie Cooper a mi blog a propósito de otro de sus libros, recientemente publicado, en el que ofrece oraciones dirigidas exclusivamente a las mujeres en nuestros diversos estados. Su título es "A Catholic Woman's Book of Prayers" ("Libro de oraciones de la mujer católica").
 
Foto: María Luz
 
Donna-Marie Cooper O'Boyle
 
La autora siempre sabe transmitir con gran sencillez sus buenos consejos espirituales, dejando claro que las mujeres enfrentan grandes retos en este mundo de hoy que, de una forma u otra, trata de confundirnos y de conducirnos por caminos tortuosos y casi siempre equivocados.
 
Este libro que hoy me ocupa reafirma en cada página las cualidades que Dios nos ha concedido, la dignidad de la mujer y la bendición que supone serlo, constituyendo un hermoso apoyo a nuestro espíritu, y dejando claro que ser mujer es un regalo y una bendición. Y ese regalo con el que Dios nos bendice consiste en estar disponibles para los demás, permaneciendo al lado de otros en sus penas y luchas, ofreciéndoles nuestro amor y nuestras oraciones. La autora ofrece consejos para crecer en nuestra vida espiritual, mejorando nuestras vidas y las de quienes nos rodean, ayudándonos a enfrentar los retos y los problemas que se presentan en las diversas etapas de nuestras vidas y en nuestras familias.
 
Independientemente de nuestro estado y situación, muchas mujeres luchan hoy en día por reprimir su femineidad innata e intentan imitar a los hombres, cuando en realidad ello supone un contrasentido, pues hombres y mujeres somos diferentes, y así debe ser para poder complementarnos. Seamos solteras, casadas, madres o mujeres de vida consagrada, Dios nos ha concedido inmensos regalos que debemos usar para Su Gloria y para el bien de los demás, y entre esos regalos están cualidades como la receptividad, la sensibilidad, la generosidad, la capacidad de dar vida, etc. Es bueno que reflexionemos sobre la alegría de nuestra vocación como mujeres, teniendo muy presente nuestro deber, como mujeres cristianas, de conducir nuestras vidas a contracorriente de las imposiciones del mundo actual, esforzándonos por ser un ejemplo de santidad para los demás.
 
El corazón femenino es inmenso y está lleno de amor. En el Evangelio podemos comprobar cómo las mujeres estaban cercanas a Nuestro Señor, aceptando Sus enseñanzas, aprendiendo de Él, y siguiéndole. Según nos recuerda el Arzobispo Fulton Sheen: "Las mujeres han demostrado resistir las situaciones de crisis mucho mejor que los hombres. Y para llegar a esta conclusión, nada mejor que remontarnos a la mayor crisis que el mundo haya enfrentado, la Crucifixión de Nuestro Divino Señor. Cuando nos fijamos en ese drama del Calvario, hay un hecho que permanece claro...Los hombres fallaron, en cambio, no hay un solo caso de mujer que fallara a Jesús".  Nosotras, mujeres de hoy, no tenemos la presencia física de Nuestro Señor Jesucristo, pero contamos con algo muy importante que nos convierte también en privilegiadas: contamos con una Iglesia que posee más de dos mil años de experiencia enseñando en la búsqueda del Señor.
 
Todas nuestras oraciones son escuchadas, pero cierto es que, a veces, nuestros deseos pueden contrariar lo que más conviene a nuestra salvación. Por ello, comencemos cada día ofreciendo todo a Nuestro Señor, siendo conscientes de nuestra misión, manteniéndonos humildes y con espíritu de servicio hacia los demás, invocando al Espíritu Santo para que nos guíe, nos inspire, nos fortalezca y nos haga conocer Su voluntad. Tal como decía el Cardenal Mercier: "La sumisión al Espíritu Santo es el secreto de la santidad".
 
A través de las páginas de su libro, Donna-Marie Cooper nos invita  a fijarnos en el ejemplo de la Santísima Virgen María, emulando Sus virtudes, actuando tal como Ella siempre lo hizo, con fe, esperanza y amor. He aquí una importantísima petición que podemos incluir en nuestra oración diaria, pidiendo incrementar esas virtudes en nuestros corazones. Y junto a esta importantísima referencia, aparece también el ejemplo de Santa Teresa de Calcuta, gran amiga de la autora, que siendo una mujer de aspecto menudo y frágil, hizo gala de las mencionadas virtudes y de su permanente "sí" a la voluntad divina, proporcionándole toda la fuerza necesaria para cumplir su misión en la vida terrenal.
 
Reflexionando el contenido del libro y aplicándonos a la oración, lograremos progresar en nuestra vida espiritual y convertirnos en faros de luz para quienes nos rodean, con la ayuda de Nuestra Señora y la gracia de Nuestro Señor.
 
Con mi sincero agradecimiento a la señora Donna-Marie Cooper O'Boyle
y a Paraclete Press.

viernes, 4 de agosto de 2017

ORACIÓN AL SANTO CURA DE ARS

 
 
 
Santo Cura de Ars,  hiciste de tu vida una ofrenda sin división a Dios al servicio de los hombres; que el Espíritu Santo, por tu intercesión, nos conduzca hoy, sin descanso, a responder a nuestra vocación personal.
 
Tú fuiste adorador asiduo de Cristo en el tabernáculo. Enséñanos a aproximarnos con fe y respeto a la Eucaristía, a disfrutar de la presencia silenciosa en el Santo Sacramento.
 
Tú fuiste el amigo de los pecadores. Les decías: "Vuestras faltas son como un grano de arena en comparación con la gran montaña de la misericordia de Dios". Deshaz las ataduras del miedo que nos retienen, en ocasiones, lejos del perdón de Dios; aumenta en nosotros el arrepentimiento por nuestras faltas. Descúbrenos el verdadero rostro del Padre que espera sin reposo el regreso del hijo pródigo.
 
Tú fuiste el apoyo de los pobres: "Mi secreto es bien sencillo, consiste en dar todo y no guardar nada". Enséñanos a compartir con quienes están en necesidad; haznos libres frente al dinero y todas las falsas riquezas.
 
Tú fuiste un hijo amante de la Virgen María, "tu más antiguo afecto". Enséñanos a volvernos hacia Ella con sencillez y con la confianza de un niño.
 
Te has convertido en el patrón ejemplar de los sacerdotes del universo. Que tu caridad pastoral conduzca a los pastores a buscar la proximidad con todos sin excepción de personas; dales el amor de la Iglesia, el ímpetu apostólico, la fortaleza en las pruebas.
 
Inspira a los jóvenes la grandeza del ministerio sacerdotal y la alegría de responder a la llamada del Buen Pastor.
 
Santo Cura de Ars, sé nuestro intercesor ante Dios. Consíguenos lo que te pedimos (petición particular), tú, el pastor humilde y fiel, infatigable en el servicio de Dios y de los hombres. Amén.
 
(Monseñor Guy Bagnard, Obispo de  Belley-Ars)
 
 

martes, 1 de agosto de 2017

A MI BUEN SAN JOSÉ


Mi estimado y buen San José:

Bien sabéis que desde hace unos meses sois, junto a vuestra Santísima Esposa, protagonista primordial de mis devociones más queridas. A Ella le debo el haberme guiado a Vos, con su maternal cuidado, sabiendo que Vos seríais una ayuda inestimable para mi pobre alma, tan necesitada de un brazo fuerte en el que apoyarse.
 
Es así como, día tras día, estáis presente en mis invocaciones y siempre soy atendida por Vos con diligencia y amable atención. Razón por la cual, me he interesado en conoceros en profundidad, y con tal objeto, mis últimas semanas han estado ocupadas leyendo sobre Vos, en tres libros que no han hecho más que aumentar mi admiración hacia vuestra excelsa figura.

Foto: María Luz
 
Siempre os imaginé como el más dulce, solícito y humilde de los hombres, pero esos tres adjetivos, siendo ciertos, no son capaces de abarcar todas las facetas que componen vuestra maravillosa personalidad. Pues, más allá de ser el hombre bueno que fue Esposo de la Madre de Dios y padre nutricio de Nuestro Salvador, fuisteis el confidente íntimo de los designios de Dios.
 
Sois un hombre justo porque en Vos se reúne el compendio de todas las virtudes en el más alto grado de perfección. Todo apunta a que fuisteis santificado en el seno materno, en atención a la futura dignidad que tendríais que ostentar. No podría ser de otro modo siendo el destinado a desposar a la Santísima Virgen, Madre del Salvador.
 
Años atrás tuve ocasión de visitar la tierra en que nacisteis. Siendo vuestra familia originaria de Belén, como miembro de la Casa de David, quiso el Todopoderoso que nacierais en la hermosa y fértil Galilea, tierra que habitaban judíos y gentiles, lugar ideal para criar y educar al Salvador de todos los hombres, sin distinción de origen. Por vuestro linaje, sois noble, pero también poseéis la nobleza de alma pues atesoráis todas las virtudes y la santidad. Aquí radica, precisamente la verdadera nobleza, en la excelencia de vuestra persona.
 
Casto y virginal, siempre antepusisteis en todo la voluntad de Dios, por ello, cuando fue vuestra vara la que floreció entre todas las varas de los jóvenes de la Casa de David que aspiraban a casarse con María, cumplisteis el designio divino y junto a Ella formasteis un matrimonio perfecto en cuanto a su esencia y sus buenos efectos. María debió sentirse feliz apreciando vuestra fe, elevación de alma, sencillez, vuestra mirada limpia y vuestros gestos reposados, haciéndola sentir segura a vuestro lado. Mientras, vuestra alma se dilataría con un inmenso instinto protector, sabiendo que por Ella y con Ella, poseeríais todos los bienes. Dichoso el esposo de una mujer buena, y dichosa la esposa de un hombre tan dulce, solícito y seguro apoyo en toda circunstancia. Vuestra unión constituye todo un ejemplo que nos estimula a progresar interiormente delante de Dios y de los ángeles, a obedecer fielmente Sus designios, sabiendo que Sus planes distan mucho de los planes humanos.
 
 
Las circunstancias que tuvisteis que enfrentar no tardaron en presentarse. Dios había puesto en vuestras manos a su criatura privilegiada, bendita entre todas las mujeres, en quien había pensado desde toda la eternidad. Y cuando percibisteis la futura maternidad de María, sentisteis no estar a la altura de la misión que se os encomendaba, pero Dios os concedió las gracias necesarias para cumplirla, pues cuando predestina un alma a una misión, siempre le otorga los dones necesarios para su realización. El amor del Altísimo constituyó la base de vuestra alianza, y por ello, al hacerse hombre, quiso aparecer ante el género humano como fruto de tan santa unión.

Os imagino contemplando al Niño Jesús nacido en Belén, siendo el primer hombre que tuvo la dicha de recibir en sus manos al fruto bendito del vientre de María. Esa pequeña criatura junto a la presencia de vuestra Santísima Esposa fueron la luz que iluminó vuestros días. Por ellos y para ellos ofrecisteis vuestra vida entera. Al igual que los Magos, llegados para adorar a Jesús recién nacido y ofrecerle sus presentes, Vos le ofrecisteis el oro de vuestro amor y sumisión, el incienso de vuestra fe, la mirra de vuestros brazos y energías hasta el día de vuestra muerte, para colaborar de forma tan esencial en la obra de Salvación.

Ante el aviso del ángel que anunciaba amenaza y muerte, os visteis obligado a tomar a vuestros dos tesoros y partir hacia Egipto sin mirar atrás, dejando vuestro hogar, vuestra tranquilidad y afrontando la incertidumbre del exilio.  Fue ahí donde nos demostrasteis a lo que hay que estar dispuesto para guardar a Jesús. Igualmente sois maestro a la hora de dolernos de Su pérdida, llenarnos de ansiedad en Su búsqueda y rebosar de alegría ante Su hallazgo. En Vos vemos el reflejo de las preocupaciones, fatigas y trabajos de esta vida, que son los caminos cuyo tránsito hará posible el incremento de nuestras virtudes en nuestro trayecto hacia Dios.

Siendo Jesús hijo del Todopoderoso, quiso Dios que Vos le representarais como padre terrenal, que educarais a Su Hijo con vuestro ejemplo y conducta, y Jesús os honró mostrándoos total sumisión, docilidad y obediencia, viendo en Vos la imagen de Su Padre celestial.

Vuestro oficio de carpintero era el más conveniente para Vos y vuestra familia, permitiéndoos una vida retirada, pacífica y útil en cualquier lugar en que estuvierais destinado a habitar. La madera era vuestro material de trabajo, convirtiéndose en instrumento de salvación. Rodeado de madera del pesebre, nació el Salvador, y sobre la madera de una cruz entregó Su vida para alcanzar nuestra redención. Entre un suceso y otro, Él os acompañó compartiendo vuestro trabajo, siendo vuestro aprendiz, de la misma forma que Vos le observabais también para aprender de Él. Contemplando a vuestro Hijo, debisteis manteneros, al igual que vuestra esposa, en la reserva de vuestra reflexión, sabiendo que pertenecía al Padre de los cielos, y sin que ello os paralizara a la hora de ejercer vuestra función paternal con perfecta rectitud.
 
"Sagrada Familia" - Nazaret
Foto: María Luz
 
Echando la vista atrás, recuerdo mi visita a vuestra casa en Nazaret, e imagino el hogar de tres personas que se aman en comunión constante, sometidos a la voluntad del Padre. Vos, San José, sometido a la voluntad divina, vuestra Esposa María, subordinada a Vos, y Jesús, obediente a ambos. Toda una lección divina que nos enseña que el poder es más un servicio que un privilegio. Sois tres corazones en uno: Vos sois el mejor medio para llegar a María, y Ella, el mejor medio para llegar a Jesús. No me cabe la menor duda de que consagrándonos a vuestros tres corazones y viviendo dentro de ellos, estaremos bien protegidos y defendidos de la maligna adversidad.
 
Casa de la Sagrada Familia en Nazaret
 
Con la misma sumisión a la voluntad divina, enfrentasteis el momento de vuestra muerte. Como hombre de silencios y dado a la reflexión, seguramente no expresaríais con palabras todo aquello que desfiló en vuestra mente en esos momentos. Estabais habituado a callar para dejar hablar a Dios. Os imagino en vuestro lecho de muerte, siendo atendido por la tierna solicitud de Vuestra amada Esposa, y confortado por vuestro hijo Jesús con palabras de vida eterna. Dios había puesto en vuestras manos el cuerpo recién nacido de Su Hijo, y ahora Vos poníais vuestro espíritu en las Suyas. Vuestra muerte tuvo que convertirse en muerte de amor viendo que vuestros últimos momentos de vida terrenal eran sostenidos por todo un Dios y consolados por Su Madre. ¿Cabe mayor felicidad?...Y así expirasteis en brazos de Dios y lleno de consuelos celestiales.

Vuestra vida es la de un hombre humilde opuesta a la de los orgullosos. Un hombre sencillo, discreto, piadoso, trabajador, dulce y pacífico, de noble linaje, aceptando sin queja la modestia de su condición. Un hombre angelical, que tuvo la dicha que servir familiarmente a Dios, como no lo han podido hacer todos los ángeles en su conjunto. Silencioso en la vida y en la muerte, buscando siempre complacer al Señor. Ejemplo de predicadores, pues tiene más mérito predicar con el ejemplo que con la palabra. Vuestras fatigas se vieron compensadas con la luz que recibíais viviendo entre la Luna y el Sol. Sois el insigne vencedor frente a los tiranos que amenazaban al Rey de los judíos, dispuesto a dar vuestra vida por Él. Insigne vencedor sobre el demonio que nunca pudo ni siquiera atravesar el umbral de vuestra puerta. Lleno de fortaleza y confianza, en Vos se reúnen toda la luz y el esplendor que los demás santos tienen juntos. Todo ello os ha hecho merecedor de vuestra glorificación. Y todo ello nos obliga a veneraros, y a honraros tal como hicieron vuestra Santísima Esposa y Nuestro Señor Jesucristo. Si así lo hacemos estaremos también honrándoles a Ellos, y causando gran alegría en toda la corte celestial.
 
Patrocinio de San José.
(Gaspar Miguel de Berrío - Bolivia, siglo XVIII)
 
"Frente a la agitación y los oropeles estimados en el mundo, San José nos enseña que la única grandeza consiste en servir a Dios y al prójimo, cumpliendo amorosamente el deber, por humilde que sea, sin buscar otra compensación que agradar a Dios y someterse a Sus designios, con el único temor de no servir suficientemente bien...El mensaje de José es la llamada a la primacía de la vida interior, de la contemplación, de la abnegación. Lo esencial no es parecer, sino ser, servir y buscar la gloria de Dios".

Mi querido y amable San José, os venero con todo mi corazón y os agradezco vuestra siempre solícita ayuda. Desde hoy, esta pobre esclava de María se consagra también a Vos, solicitando vuestro amparo en todas y cada una de las circunstancias que me queden por vivir, y declarándoos mi veneración y amor, pues quien ama a Jesús y a María, debe también amaros a Vos, pues los tres estáis unidos en el cielo y en la tierra con un amor inmenso en un solo Corazón.
 
María Luz
  
CONSAGRACIÓN A SAN JOSÉ
 
Yo me consagro a Vos, querido San José,
a fin de que seáis para mí un padre, un protector y un guía
en el camino de la vida.
Deseo que conservéis mi alma limpia de toda mancha de pecado,
para que sea toda hermosa y pura para Jesús.
Ofrecedme a María, mi Madre querida,
para que Ella me consagre a Jesús.
De este modo, viviendo siempre en vuestros Tres Corazones,
pueda yo vivir cumpliendo la voluntad de Dios
y al final me obtengáis una santa muerte.
Amén.
 
Para conocer en mayor profundidad la excelsa figura de San José, he tenido el inmenso placer de leer los siguientes libros, cuya lectura recomiendo:
 
"Suma de los dones de San José" (P. Isidoro de Isolanis - S. XVI)
"Treinta visitas al silencioso San José" (Fr. Henri-Michel Gasnier, O.P.)
"San José, el más santo de los santos" (P. Angel Peña O.A.R.)
 
 

jueves, 27 de julio de 2017

HIMNO A SAN PANTALEÓN

 
 
De Oriente a Occidente
proclaman los siglos tu fe y tu valor,
San Pantaleón.
 
Médico famoso,
cura cuerpos y almas, con tu intercesión,
San Pantaleón.
 
Adalid de Cristo que tu sangre diste
por amor a Dios,
San Pantaleón.
 
Concede a los hombres, enfermos y tristes
salud e ilusión,
San Pantaleón.
 
Por tu sangre viva, por tu amor a Dios,
oye nuestras voces,
San Pantaleón.


HISTORIA DE SAN PANTALEÓN:


 

martes, 25 de julio de 2017

LETANÍAS AL APÓSTOL SANTIAGO PARA PEDIR EL TRIUNFO DE LA FE EN ESPAÑA


 
 
Señor, ten piedad de nosotros.
Jesucristo, ten piedad de nosotros.
Señor, ten piedad de nosotros.
 
Jesús, óyenos.
Jesús, escúchanos.
 
Dios Padre celestial, ten piedad de nosotros.
Dios Hijo Redentor del mundo, ten piedad de nosotros.
Dios Espíritu Santo, ten piedad de nosotros.
Trinidad Santa, que eres un solo Dios, ten piedad de nosotros.
 
Santa María, que en carne mortal visitaste a Santiago en Zaragoza, ruega por nosotros.
 
Santiago, que seguiste al punto el llamamiento del Mesías, ruega por nosotros.
Santiago, que de pescador fuiste hecho Apóstol, ruega por nosotros.
Santiago, que deseaste beber el cáliz del Señor, ruega por nosotros.
Santiago, que por tu celo mereciste ser llamado "Hijo del Trueno", ruega por nosotros.
Santiago, que fuiste testigo de la transfiguración de Nuestro Señor Jesucristo, ruega por nosotros.
Santiago, que con otros dos Apóstoles mereciste presenciar en el Huerto de los Olivos la cruel agonía  del Redentor, ruega por nosotros.
Santiago, que después de haber recibido la efusión del Espíritu Santo, predicaste la doctrina a las doce tribus de Israel, ruega por nosotros.
Santiago, que imitaste al Divino Modelo en la pobreza, en la humildad y en los trabajos evangélicos, ruega por nosotros.
Santiago, ilustre protector de la nación española, ruega por nosotros.
Santiago, que trajiste a España la luz del Evangelio, ruega por nosotros.
Santiago, que a más de la fe te debe nuestra patria el haber sido visitada por Nuestra Señora, ruega por nosotros.
Santiago, a quien los Ángeles regalaron la celestial imagen de su Reina, ruega por nosotros.
Santiago, que en Zaragoza consagraste el primer templo que en el mundo tuvo María, ruega por nosotros.
Santiago, Apóstol ardiente de la conversión de judíos e infieles, ruega por nosotros.
Santiago, que has sido el primero de los Apóstoles que sellaste con tu sangre la predicación de la fe, ruega por nosotros.
Santiago, que por amor a España quisiste fuese tu cuerpo traspasado a Compostela de Galicia, ruega por nosotros.
Santiago, amparo de los españoles en sus necesidades y caudillo en sus batallas, ruega por nosotros.
Santiago, consuelo de cuantos visitan tus restos mortales, ruega por nosotros.
Santiago, que devolviste la visita a San Francisco de Sena, ruega por nosotros.
 
Cordero de Dios que borras los pecados del mundo. Perdónanos, Señor.
Cordero de Dios que borras los pecados del mundo. Escúchanos, Señor.
Cordero de Dios que borras los pecados del mundo. Ten piedad de nosotros.
 
Ruega por nosotros, glorioso Santiago, para que seamos dignos de alcanzar las promesas de Jesucristo. Amén.
 


jueves, 20 de julio de 2017

EL ARTE DE APROVECHAR NUESTRAS FALTAS

Como humanos que somos, estamos repletos de debilidades e imperfecciones, "de nosotros sólo se pueden esperar caídas". Esta es la realidad que debemos aceptar, sabiendo que, mientras vivamos en esta tierra, estaremos sometidos a pruebas y seremos víctimas de nuestros defectos e imperfecciones.


Partiendo de este hecho, Joseph Tissot, misionero de San Francisco de Sales, escribió en el siglo XIX un libro de gran provecho titulado "El Arte de aprovechar nuestras faltas", en el que, siguiendo los consejos del Santo y Obispo de Ginebra, nos muestra cómo la misericordia divina no nos abandona y siempre premia nuestro sincero arrepentimiento. Su lectura nos infunde ánimo a través de sus caritativos consejos.


San Francisco de Sales

Siendo conscientes, por tanto, de nuestras debilidades y fallos, no deben asombrarnos nuestras faltas. Esto no significa que quitemos importancia a nuestros pecados, todo lo contrario, debemos esforzarnos por no caer en ellos, debemos evitarlos y detestarlos. Es necesario que tengamos calma y progresemos en nuestra purificación paso a paso, levantándonos tras nuestras caídas, subiendo "escalón a escalón, como los ángeles de la escala de Jacob"..."La curación que se hace lentamente es la más segura". Nuestras caídas son consecuencia de nuestra rapidez y nuestra falta de precaución. En cualquier avance también tienen lugar retrocesos puntuales, de la misma forma que en toda batalla, los ejércitos se ven obligados a replegarse en ciertas ocasiones. Dichos retrocesos ayudan a nuestro fortalecimiento espiritual y no deben importarnos con tal de continuar en el avance. Nuestro deber es combatir y tener siempre presente que quienes no luchan, nunca reciben golpes...Si recibimos un golpe, no desistamos, sigamos luchando y poco a poco avanzaremos.



En todo progreso espiritual debemos contar con nuestras numerosas caídas. Ello nos ayudará en nuestro perfeccionamiento y también en la comprensión hacia nuestros hermanos, a los que debemos perdonar, sin que ello implique indiferencia ante el pecado, el cual debemos detestar y reparar.


Cuando cometamos una falta, y "nos veamos caídos y sucios", no nos turbemos, detestemos el pecado, arrepintámonos sinceramente con una tristeza que no suponga nunca un dolor indignado, pues el verdadero arrepentimiento es siempre sosegado. "Donde hay perturbación, no está el Señor". Levantémonos con tranquilidad y confianza, teniendo calma y paciencia con nosotros mismos, pues la inquietud sólo conseguiría que nos enredásemos más en las redes de las imperfecciones. Si actuamos con calma, evitaremos una nueva caída. Por el contrario, el desasosiego es altamente perjudicial, pues viene motivado por el amor propio, por buscarnos a nosotros mismos. Nos disgustamos al comprobar que no somos perfectos, en lugar de disgustarnos por haber ofendido a Dios. Decía San Optato de Milevi: "Más valen los pecados con humildad, que la inocencia con soberbia". La soberbia es el más grave de todos los pecados porque supera a los demás en aversión a Dios. Si nos impacientamos ante nuestras faltas, tengamos la seguridad de que esa inquietud viene del demonio.


Esa pena tranquila que debe producirnos nuestra caída hará que recobremos fácilmente los ánimos y obtengamos un propósito sereno y firme de corregirnos. Toda caída sirve para ver realmente nuestra miseria, ayudándonos a soportar nuestras imperfecciones con un objetivo primordial: crecer en la humildad.  Todo lo que hay de bueno en nosotros, no es nuestro, sino que procede de Dios. Este punto es esencial pues nos ayudará a ser plenamente conscientes de nuestras flaquezas, por tanto, siendo también más comprensivos con las faltas e imperfecciones de los demás. Sólo conociéndonos bien a nosotros mismos, podremos encontrar el alma del prójimo en la nuestra y descubrir el modo de ayudarle. De esta manera, lograremos que nuestra severidad con el prójimo se transforme en compasión, viendo con claridad que ninguno de nosotros está libre de caer en las imperfecciones en que caen los demás. Todas y cada una de las caídas nos ayudarán al desprecio propio para mantenernos en la santa humildad.
Nuestra llegada a la deseable humildad se produce siendo almas verdaderamente cristianas, y por tanto, sintiendo la necesidad de experimentar las humillaciones al lado de Nuestro Señor Jesucristo. Por tanto, siendo la humildad una virtud que debemos desear, necesitamos amar las humillaciones, pues son el camino que nos conducirá a esa virtud. Para ello, debemos aceptar siempre de buen grado el ser humillados y corregidos.


Una vez que tenemos claro que somos imperfectos, que estamos expuestos a numerosas caídas durante nuestra vida terrenal, y que no debemos inquietarnos por ello, es necesaria nuestra absoluta confianza en la misericordia divina. Debemos pedir perdón a Dios con sencillez, estando seguros de su infinito amor y de su perdón. Dios es el más bondadoso y generoso de los padres, dispuesto siempre a colmarnos de numerosos favores. Al Todopoderoso no le importan tanto nuestra faltas como el provecho que saquemos de ellas, siempre que las empleemos para humillarnos ante Él y hacernos bondadosos. Teniendo presentes nuestras infidelidades del pasado, descubrimos la bondad de Dios y el precio de los méritos de Nuestro Salvador Jesucristo.


Ser conscientes de nuestros fallos supone identificar y combatir sus causas y evitar las ocasiones que pueden motivar nuestras caídas. Ello será de gran ayuda en nuestro perfeccionamiento, pues como decía San Francisco de Sales: "Es preciso no olvidar jamás lo que hemos sido, para no llegar a ser peores". Con nuestro sincero arrepentimiento y a través del sacramento de la confesión, practicamos varias virtudes al mismo tiempo: humildad, obediencia, sencillez y caridad.


Nuestras faltas deben servirnos para practicar la satisfacción, es decir, la restitución a Dios del honor que le hemos quitado, cerrando las puertas a todas las ocasiones de pecado, recuperando el tiempo perdido. Para ello, tal como ya ha quedado apuntado, debemos arrepentirnos sinceramente, pedir perdón confesando nuestras culpas e implorando la misericordia divina. Una vez hecho esto, y detestando los pecados que hemos cometido, debemos mantenernos tranquilos y realizar la reparación por nuestras ofensas. ¿Cómo reparar? Recobrando el tiempo perdido, levantándonos tras nuestras caídas con mayor ánimo para proseguir el combate, y redoblando nuestro fervor a través de las lágrimas del alma y de nuestro dolor de corazón por nuestros fallos.


Santa María Magdalena es el referente que nunca debemos perder de vista. Ella salió de su situación de pecado, pidió perdón a Dios con verdadera contrición, y con firme resolución de no volver a pecar, sirviendo de ejemplo a los demás pecadores. En la misma medida que ofendió a Dios, así también se dedicó a hacer penitencia con todo su corazón, con toda su alma y con todos sus sentidos.


"María Magdalena en penitencia"
(Ferdinand de Braekeleer, 1822)


Esta pobre esclava de María que aquí escribe, no puede concluir este resumen sin destacar otro aprovechamiento al que nuestras faltas deben conducirnos: la devoción a la Santísima Virgen, pues Ella es nuestra Madre de Misericordia y el refugio de los pecadores. Tal como San Luis Mª Grignion de Montfort nos explica en el "Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen", Nuestro Señor Jesucristo es nuestro mediador ante Dios Padre, y nos ha concedido a Su Santísima Madre como mediadora entre Él mismo y nosotros. ¿Cómo desanimarnos contando con tan excelente y maravillosa intercesora? A Ella podemos recurrir sin ningún temor, pues Ella es nuestra Madre llena de bondad, y en cuyos brazos podemos refugiarnos como hijos suyos que somos, con la seguridad de que en Ella encontraremos la mejor ayuda en nuestro camino al Cielo.


Virgen de la Misericordia.
(Bartolomeo Caporali, 1482)



"¡Adelante! Hemos dado un mal paso, vayamos despacito y con cuidado.
Volvamos al camino de la humildad y vigilemos mejor.
¡Dios nos ayudará!".

"Dios no ama nuestras imperfecciones, ni nuestros pecados,
pero nos ama a pesar de ellos".


lunes, 19 de junio de 2017

PEREGRINACIÓN A FÁTIMA CON LOS HERALDOS DEL EVANGELIO

Transcurridas las primeras horas de mi regreso a casa, comienzo a escribir esta nueva entrada entre la emoción y un sentimiento de satisfacción por la experiencia vivida durante tres días en los que he tenido la oportunidad de visitar uno de mis lugares soñados.
 
 
Foto: María Luz
 
Fátima era para mí una asignatura pendiente, el lugar íntimamente vinculado a Nuestra Señora que deseaba conocer, y que por fin he podido visitar en compañía de los Heraldos del Evangelio, que con su buen hacer y don de gentes, supieron amenizar nuestro viaje con su simpatía y sus amplios conocimientos, siendo capitaneados por el Rvdo. D. José Francisco Hernández, lo cual constituye todo un privilegio.

Durante el trayecto, tuvimos ocasión de hacer una parada en Cáceres para visitar la Catedral de Coria. El templo comenzó a construirse a finales del siglo XV, en concreto cuatro años después del Descubrimiento de América, y se encuentra bajo la advocación de la Virgen de la Asunción. Presenta la particularidad de estar edificada al borde de un precipicio de 40 metros y sobre tierra arcillosa, factores causantes de su inestabilidad y de las grietas que pueden contemplarse en su interior. Su fachada es plateresca y su interior presenta planta de una nave, cubierta con bóvedas de crucería estrellada y de rueda. Su construcción en un enclave tan problemático se debió a que era el lugar en el que anteriormente se situaron la antigua catedral visigoda, la mezquita de la ciudad y la anterior catedral románica.
 
Foto: María Luz
 
Foto: María Luz
 
Foto: María Luz

Foto: María Luz
 
Catedral de Coria.
Foto: María Luz
 

La torre se alza en el muro norte del ábside, junto a la Puerta del Evangelio.
Se compone de dos cuerpos, campanario, cúpula y linterna.
Fotos: María Luz
 
"Orgullo de las alturas es el firmamento límpido.
Y la bóveda celeste es un espectáculo bellísimo".
(Eclesiástico 43, 1)
 
Puerta del Evangelio.
Foto: María Luz
 
Es necesario resaltar la capilla mayor con su reja renacentista, y el retablo mayor, barroco, con ciertos elementos neoclásicos. La realización de dicho retablo se debe al obispo Don José Francisco Magdaleno, encargado de elegir las esculturas que lo presiden, y que son las siguientes: San José con el Niño, San Francisco de Paula, San Pedro de Alcántara y Santa Teresa de Jesús. La presencia de los dos primeros se debe precisamente a los nombres del obispo. En la hornacina central contemplamos la imagen de Nuestra Señora de la Asunción. En uno de los laterales de la capilla mayor, podemos contemplar dos magníficos sepulcros de pared, realizados en alabastro, que corresponden a los obispos Don Pedro García de Galarza (s. XVI) y Don Pedro Ximénez de Prexamo (s. XV).

 
Foto: Don Eric Fco. Salas
 
Retablo Mayor.
Foto: Don Eric Fco. Salas.
 
Imagen del Sagrado Corazón de Jesús.
Foto: María Luz
 
Órgano grande, barroco, de caja neoclásica,
situado sobre el arco de entrada a la Catedral,
en el Muro del Evangelio.
Foto: María Luz
 
Sillería Coral de estilo mudéjar, realizada en madera de nogal.
Data de 1489.
Foto: Don Eric Fco. Salas.
 
Pozo del año 1620 situado en el centro del patio.
Foto: María Luz
 
Tras escuchar atentamente las explicaciones de nuestro guía, nos adentramos en el Museo Catedralicio, situado en el claustro y en las dependencias anexas, para venerar una de las reliquias más importantes de la cristiandad: el mantel de la Última Cena. El original se encuentra en una arqueta de plata de procedencia mejicana, y constituye una pieza única en el mundo, realizado en hilo de lino blanco con bandas decorativas azules. Hasta finales del siglo XVIII, el mantel se exponía a los fieles en una tribuna exterior de estilo plateresco, junto a la antigua puerta principal de la Catedral. Hoy en día y desde hace más de una década, el mantel es investigado por científicos americanos que no tienen duda de estar  ante el auténtico mantel de la Última Cena, si bien debemos tener en cuenta que los judíos celebraban la Pascua colocando dos manteles en la mesa, uno inferior (la pieza que podemos contemplar) y otro superior más ancho, que todo apunta sea la conocidísima Sábana Santa de Turín.  Durante la visita podemos también contemplar la Bula del Papa Benedicto XIII otorgando indulgencia plenaria a los visitantes del Relicario Pergamino. Emocionados de tener ante nosotros tan significativa reliquia y siguiendo la oración dirigida por el Rvdo. D. José Francisco, todos colocamos sobre la vitrina que alberga el mantel, nuestros Rosarios y objetos piadosos en un intento de llevar unido a nosotros el recuerdo del mantel sobre el cual, Nuestro Señor Jesucristo instituyó la Eucaristía. Tras un recorrido para contemplar las demás piezas y obras de arte expuestas, continuamos nuestra ruta camino de nuestro destino de peregrinación, con deseos de regresar algún día a Coria para seguir explorando, con más detenimiento, los tesoros del bello templo catedralicio.
 
Mantel de la Última Cena.
Foto: Don Eric Fco. Salas.
 
Bula del Papa Benedicto XIII.
Foto: María Luz
 
Pila bautismal de mármol, regalo del obispo Juan José García Álvaro, en 1778.
Foto: María Luz
 
San Crispín. Siglo XVII.
Foto: María Luz
 
San Sebastián.
Foto: María Luz
 
La Anunciación.
Foto: María Luz
 
La Virgen de los Dolores.
Foto: María Luz

Inmaculada Concepción.
Foto: María Luz

Triple Trinidad.
Foto: María Luz

Foto: María Luz

San Miguel Arcángel.
Foto: María Luz
 
San Luis Obispo.
Foto: María Luz.
 
La Virgen del Rosario.
Foto: María Luz

Santísima Virgen de Argeme.
Foto: María Luz

Foto: María Luz
 
Tribuna exterior de estilo plateresco.
Foto: María Luz
 
La llegada a Fátima se produce en la tarde, tras disfrutar en el autocar de la película "Las Apariciones de la Virgen de Fátima", historia fiel a las Memorias de Lucía, que nos ayuda a impregnarnos del ambiente y mensaje propios de nuestro lugar de destino. Llegamos con tiempo para  dirigirnos al santuario y contemplar, por primera vez ante mí, la magnífica explanada y asistir a la celebración de la Santa Misa en el núcleo más significativo del lugar, la Capilla de las Apariciones (Capelinha), lo cual me da oportunidad de contemplar la hermosa imagen de Nuestra Señora. Confieso que estar en ese lugar tan significativo en este año jubilar es una emoción difícil de explicar. La imagen de Nuestra Señora se sitúa sobre un pedestal, indicando el lugar exacto de la encina sobre la cual la Santísima Virgen se apareció en los meses de mayo, junio, julio, septiembre y octubre de 1917.
 
Película "Las Apariciones de la Virgen de Fátima"
 
Basílica Nuestra Señora del Rosario de Fátima.
La basílica se levanta en el lugar en el que los tres pastorcitos se encontraban el 13 de mayo de 1917, cuando vieron un relámpago previo a la aparición de Nuestra Señora, y que les movió a reagrupar su rebaño para regresar a casa por miedo a la lluvia.
Foto: María Luz
 
Foto: María Luz
 
Foto: Don Eric Fco. Salas.
 
Imagen del Sagrado Corazón de Jesús, situado en el centro del recinto del Santuario.
Foto: Don Eric Fco. Salas.
 
La capilla de las apariciones (Capelinha)
Foto: María Luz
 
Imagen de Nuestra Señora de Fátima.
Foto: Don Eric Fco. Salas.
 
Caída la noche, tiene lugar otra maravillosa visión: la procesión de las velas. El discurrir de los peregrinos con sus velas encendidas es armonioso, destacando la bella imagen de Nuestra Señora que avanza entre los presentes contemplándonos a todos con su maternal y bondadosa mirada. Junto a Ella, tenemos la sensación de que nada malo puede ocurrirnos, pues Ella nos cuida como madre solícita. Es tiempo también de encender nuestras velas por diversas intenciones, de orar, y de impregnarse del ambiente de devoción y piedad que nos rodea. Tiempo de reflexionar sobre el mensaje de Fátima, un mensaje que no es pasado, sino presente y futuro. Contemplando las inmensas llamaradas junto a las velas encendidas, no puedo evitar vislumbrar ante mí la imagen de una especie de visión del infierno, las inmensas llamaradas y el crepitar del fuego me producen una sensación sobrecogedora,  que pronto se atenúa contemplando la visión de María, Nuestra Madre Celestial.
 
 
Foto: María Luz

Foto: María Luz

Foto: María Luz

Foto: María Luz

Foto: María Luz
 
Foto: Don Eric Fco. Salas
 
 
Foto: María Luz
 
Foto: María Luz

"Vimos como un mar de fuego y, sumergidos en ese fuego, a los demonios y a las almas como si fuesen brasas transparentes y negras o bronceadas, con forma humana, que flotaban en el incendio llevados por las llamas que de ellas mismas salían juntamente con nubes de humo, cayendo hacia los lados, semejante al caer de las chispas en los grandes incendios, sin peso ni equilibrio, entre gritos y gemidos de dolor y desesperación que horrorizaban y hacían estremecer de pavor...Los demonios se distinguían por formas horribles y asquerosas de animales espantosos y desconocidos, pero transparentes como negros carbones en brasa".
(Visión del infierno - 13 de julio de 1917)
"Habéis visto el Infierno, a donde van las almas de los pobres pecadores.
Para salvarlas, Dios quiere establecer en el mundo la devoción a mi Inmaculado Corazón".
(Palabras de la Santísima Virgen a los pastorcitos)
Foto: María Luz
 
Concluida la procesión, tenemos tiempo de visitar la Basílica de Nuestra Señora del Rosario y orar ante las tumbas de los pastorcitos Lucía, Jacinta y Francisco, estos dos últimos recientemente canonizados. El momento invita a la oración y a meditar sobre estos pequeños héroes que supieron asimilar de manera tan intensa el mensaje ofrecido por Nuestra Señora.
 
La columnata del Santuario, incluye en su interior un Via Crucis
con paneles de cerámica.
Foto: Don Eric Fco. Salas
 
Interior de la Basílica Nuestra Señora del Rosario de Fátima.
Foto: María Luz
 
Foto: María Luz
 
 
Foto: María Luz

Foto: María Luz
 
Tumba de San Francisco Marto
Foto: María Luz

Foto: María Luz

Tumbas de Santa Jacinta Marto y Sor Lucía dos Santos.
Foto: María Luz

Foto: María Luz
 
Tras la primera noche, enfrentamos la segunda jornada llenos de ilusión por todo lo que nos resta por ver y experimentar. Nuestra primera cita de este segundo día es un recorrido muy especial, el Vía Crucis, dispuesto sobre el camino que los tres pastorcitos recorrían desde su aldea de Aljustrel para llegar a la Cova da Iria, pastoreando sus rebaños. Las estaciones del Vía Crucis aparecen señaladas por monumentos cuya construcción fue costeada por los católicos húngaros.
 




Fotos: María Luz

Foto: María Luz
 
Foto: María Luz
 
Foto: María Luz
 
Foto: María Luz
 
Foto: María Luz
 
He de reconocer que este recorrido del Vía Crucis se ha convertido en mi enclave favorito. Siento que es un lugar especial y profundamente bendecido. El recorrido y el paisaje que nos rodea es absolutamente natural, auténtico, con la paz propia del ambiente campestre, dando la sensación de que,  en cualquier momento, los tres pastorcitos pueden aparecer caminando. El rezo es emotivo y muy intenso gracias al texto empleado, redactado por el Dr. Plinio Correa de Oliveira, que presenta una gran profundidad espiritual.
 
Foto: María Luz
 
Durante el trayecto, entre la 8ª y 9ª estaciones del Vía Crucis, llegamos a un lugar muy especial, en Valinhos, donde se sitúa un monumento de la Santísima Virgen que conmemora la aparición que tuvo lugar el 19 de agosto de 1017. Allí, de repente, me inunda una emoción profunda, y mientras contemplo el entorno y rezamos ante la imagen de Nuestra Señora, las lágrimas afloran a mis ojos con tal fuerza, que me aparto del grupo para tratar de controlar mi emoción, sin resultado, pues la fuerza que transmite el lugar es inexplicable. Finalmente puedo controlar mis lágrimas llegando a otro lugar emblemático: el monumento de la aparición del Ángel a los pastorcitos, en Loca do Cabeço. Contemplar el monumento me produce mucha paz y me reconforta en lo más hondo.
 
Foto: María Luz
 
Foto: María Luz

"Rezad, rezad mucho y haced sacrificios por los pecadores,
que muchas almas se van al Infierno por no haber
quien se sacrifique y pida por ellas".
(Palabras de la Santísima Virgen a los pastorcitos)
Foto: María Luz
 
Loca do Cabeço, lugar donde el Ángel de Portugal
se apareció dos veces a los pastorcitos.
Foto: María Luz

Foto: María Luz

Foto: María Luz

Foto: María Luz
 
El recorrido finaliza en un espacio abierto donde se sitúa el denominado Calvario Húngaro, bajo el cual se encuentra la capilla de San Esteban, rey de Hungría. El conjunto fue ofrecido por los católicos húngaros, y constituye un lugar que invita a la paz, el silencio y la oración.
 
El Calvario húngaro.
Foto: María Luz

Foto: María Luz
 
El Arzobispo de Oviedo, Don Jesús Sanz y el Rvdo. D. José Francisco Hernández
al pie del Calvario húngaro.
Foto: Don Eric Fco. Salas.
 
Interior de la Capilla de San Esteban, rey de Hungría.
Foto: Don Eric Fco. Salas.
 
Finalizado ese emotivo recorrido, es tiempo de dirigirnos a sendos lugares igualmente significativos: las casas de los pastorcitos en Aljustrel, comenzando por la casa de Lucía dos Santos, en cuyo patio podemos contemplar las higueras bajo las cuales se refugiaban los tres niños, y el pozo junto al cual tuvo lugar la segunda aparición del Ángel. A continuación, a unos 200 metros, visitamos la casa de Jacinta y Francisco Marto.  Tras las visitas a ambas casas, tengo ocasión de saludar a la sobrina de Lucía, que sentada en una silla, recibe los saludos de los numerosos peregrinos que se agolpan a su puerta. Su rostro transmite mucha paz y dulzura.
 
Casa de Lucía.
Foto: María Luz
 
Foto: María Luz

Foto: María Luz

Habitación de Lucía y su hermana Carolina.
Foto: María Luz
 
Habitación de los padres de Lucía.
Foto: María Luz
 
Pozo de Arneiro, lugar de la segunda aparición del Ángel.
Foto: María Luz

Pozo de Arneiro.
Foto: María Luz

Foto: María Luz
 
Foto: María Luz

Foto: María Luz
 
 
Vitrinas con objetos personales y fotografías
en la casa de los Santos Francisco y Jacinta Marto.
Foto: María Luz

Foto: María Luz
 
Cama de los padres de Francisco y Jacinta.
Foto: María Luz
 
En esta cama nacieron Francisco, Jacinta y sus hermanos.
Fue también la cama en la que reposó Jacinta, ya enferma,
antes de ser trasladada a Lisboa, donde falleció en 1920.
Foto: María Luz
 
Cama en la que murió Francisco.
Foto: María Luz
 
Foto: María Luz
 

 
Fotos: María Luz
 
Quedan ante nosotros todavía muchas horas de día, dedicadas a explorar con mayor calma la explanada del Santuario, penetrar en la basílica de la Santísima Trinidad, de forma circular, construida para albergar a miles de peregrinos en los días y celebraciones de considerable afluencia. Su puerta principal está dedicada a Jesucristo y las doce puertas laterales se dedican a los apóstoles. Recorriendo la Galilé de los apóstoles San Pedro y San Pablo, pueden observarse las diversas capillas entre las que se encuentra la capilla de la Reconciliación, destinada a las confesiones.
 
Todos aquellos que vayan a peregrinar a Fátima en este año jubilar, deben saber que podrán ganar la indulgencia plenaria, confesando sus pecados, participando allí en una celebración u oración dedicadas a la Santísima Virgen, comulgando, rezando por las intenciones del Santo Padre, rezando el Padrenuestro, el Credo e invocando a la Santísima Virgen.
 
Foto: María Luz

Interior de la Basílica de la Santísima Trinidad.
Foto: María Luz

Foto: María Luz
 
Durante el recorrido nos encontramos con el monumento a San Juan Pablo II, tan vinculado a Fátima, a donde viajó un año después de sufrir un atentado, el 13 de mayo de 1982, para agradecer a Nuestra Señora "su intervención para la salvación de mi vida y el restablecimiento de mi salud". También, un 13 de mayo de 2000, viajó a Fátima para beatificar a los pastorcitos Francisco y Jacinta Marto.


Fotos: María Luz
 
Otro momento muy especial es el rezo del Santo Rosario en la Capelinha, constituyendo el momento idóneo para encomendarnos a Nuestra Señora y emocionarnos al oír el sonido de las campanas de la basílica. Finalizado el rezo, asistimos a la celebración de la Santa Misa en español, celebrada por Don Jesús Sanz, Arzobispo de Oviedo, quien con su armonioso tono de voz, pronunció una inolvidable homilía haciendo referencia a la Santísima Trinidad en la figura de María, que es "la Hija del Padre, la Madre del Hijo y la esposa del Espíritu Santo", y recordándonos que "todo lo que planta el hombre puede ser arrancado pero lo que planta Dios, no puede ser arrancado ni por el demonio". Fue para mí una Misa inolvidable, en la que pude abstraerme del entorno que me rodeaba y concentrarme en la celebración, en la imagen de Nuestra Señora y en mi oración.
 
Foto: María Luz
 
Foto: María Luz
 
Foto: María Luz
 
Al concluir la Santa Misa, todos rezamos, ante la imagen de Nuestra Señora de Fátima,
 la Oración Jubilar de Consagración:
 
¡Salve, Madre del Señor,
Virgen María, Reina del Rosario de Fátima!
Bendita entre todas las mujeres,
eres la imagen de la Iglesia vestida de la luz pascual,
eres la honra de nuestro pueblo,
eres el triunfo sobre la marca del mal.
 
Profecía del Amor misericordioso del Padre,
Maestra del Anuncio de la Buena Nueva del Hijo,
Señal del Fuego ardiente del Espíritu Santo
enséñanos, en este valle de alegría y dolores,
las verdades eternas que el Padre revela a los pequeños.
 
Muéstranos la fuerza de Tu manto protector.
En Tu Inmaculado Corazón,
sé el refugio de los pecadores
y el camino que conduce hacia Dios.
 
Unido/a a mis hermanos,
en la Fe, la Esperanza y el Amor,
a Ti me entrego.
Unido/a a mis hermanos, por Ti, a Dios me consagro,
oh Virgen del Rosario de Fátima.
 
Y, en fin, envuelto/a en la Luz que de Tus manos proviene,
daré gloria al Señor por los siglos de los siglos. Amén.
 
Las últimas horas en Fátima nos dan oportunidad de asistir de nuevo a la Santa Misa, en esta ocasión en la bonita capilla de nuestro hotel, donde el Sagrario aparece flanqueado por las encantadoras imágenes de los Santos Francisco y Jacinta Marto. La celebración, presidida por el Rvdo. Don José Francisco y concelebrada por Don Aurelio, párroco de la iglesia del Bautismo del Señor, se ve enriquecida por la hermosa homilía pronunciada por Don Aurelio, quien destacó el importantísimo papel de la Santísima Virgen como Madre nuestra, como exponente de ternura, como mujer discreta y de silencios, recordando las únicas 6 frases que pronunció y que aparecen recogidas en los Evangelios:
  1.  ¿Cómo será esto, pues no conozco varón?
  2. He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra.
  3. Proclama mi alma la grandeza del Señor; se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador, porque ha mirado la humillación de su esclava.
  4. Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira, tu padre y yo, angustiados, te andábamos buscando.
  5. No tienen vino.
  6. Hagan lo que él les diga.

Todos los participantes, nos sentimos ampliamente reconfortados por su homilía, coronada al final de la celebración por las hermosas palabras del Rvdo. D. José Francisco que nos recordó a todos muy acertadamente el inmenso gozo de pertenecer a la Santa Iglesia Católica, sentimiento compartido por todos los presentes.
 
San Francisco Marto.
Foto: María Luz
 
Santa Jacinta Marto.
Foto: María Luz
 
Nos despedimos de Fátima con deseos de regresar, dirigiendo nuestra última mirada al Santuario y pidiendo a Nuestra Señora que nos permita volver a peregrinar a este lugar tan bendecido.
 
Bonitas pinturas que decoran el hall de nuestro hotel.
Fotos: María Luz
 
 
¡Hasta pronto Fátima!
Foto: María Luz
 
En nuestra ruta de regreso, atravesamos el impresionante puente Vasco de Gama sobre el río Tajo en la zona de Lisboa para dirigirnos hacia Palmela y detenernos en  la Quinta San José, casa de los Heraldos del Evangelio, que nos obsequiaron con una deliciosa comida en un precioso entorno lleno de belleza y paz, como todo lo que rodea a los Heraldos. Nos vamos de Palmela con un profundo agradecimiento a todos los Hermanos por su trato delicado, su extraordinaria amabilidad y hospitalidad.
 
Foto: María Luz
 
¡Glorioso San José, sed Vos nuestro protector!
Foto: María Luz

La preciosa Capilla de la Quinta San José.
Foto: María Luz
 
Foto: María Luz
 
¡Nuestra Señora del Rosario de Fátima, rogad por nosotros!
Foto: María Luz

La llegada a Madrid se produce bien entrada la noche, con el cansancio lógico tras horas de viaje, pero  con la satisfacción que genera el haber cultivado la amistad fraternal,  con la alegría de haber ido al encuentro de la Santísima Virgen, con el agradecimiento sincero a Ella por la oportunidad brindada, y a los Heraldos del Evangelio por hacer de nuestra peregrinación un experiencia inolvidable.

Fátima es ahora, para mí, mucho más que
lecturas realizadas a lo largo del tiempo.
Es una realidad palpable, con un mensaje
 que todos debemos aplicar en nuestras vidas,
grabándolo en nuestra mente, alma y corazón.
Foto: María Luz